
Esta semana se juega la suerte de la reforma tributaria. No son buenos los pronósticos.
La manera descomedida como ha tratado el Ejecutivo al Congreso y los permanentes insultos que les lanza, están pasando su factura. Nunca habían estado en condición tan deplorable las relaciones entre el Gobierno y el Congreso. En vez de construir puentes y entendimientos, el Gobierno Petro ha creído que a punta de agravios se construye un mínimo de convivencia en la vida parlamentaria. No es éste, entonces, un buen momento para tramitar una reforma tributaria.
Los impuestos no se tramitan a punta de coñazos verbales ni tampoco en los momentos agónicos de un gobierno. Petro ha escogido muy mal el tono y el momento para insistir en cambios a la legislación tributaria que deberían recaudar 16 billones de pesos.
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