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Álvaro García Jiménez

La soledad, los datos y el país que envejece

Hace unos días circuló en X un texto breve e impactante: un hombre llamado Rafael Narbona —escritor y profesor de filosofía— ya pasando sus sesenta, contaba que no tiene hijos ni sobrinos, que su esposa tampoco, que ambos han perdido a casi toda su familia por diferentes razones y que los amigos —esa franja frágil del afecto— prácticamente no alcanzan para sostener la vida en una gran ciudad donde nadie conoce a nadie. Decía Rafael, sin lloriqueos, pero con la frialdad de un condenado a muerte camino al cadalso, que no sabe qué será de su biblioteca de 20.000 volúmenes (muchos de ellos primera edición y dedicados), y que espera simplemente que sus perros y gatos no lo sobrevivan. Y citaba a Camus, a Sartre, a Cioran y a Teresa de Ávila, buscando en la filosofía y en la poesía espiritual una explicación a ese vacío que aparece cuando la vida empieza a recogerse.

El texto se volvió viral no por su dramatismo, sino por su brutal honestidad emocional. Era un autorretrato íntimo, fruto de responder a una pregunta incómoda que ronda a millones de personas: ¿qué pasa con la vida después de los 60, cuando no hay hijos —o cuando sí los hay, pero viven lejos, o cuando ya no necesitan de uno, o cuando uno mismo ya no sabe cómo encajar en su vida?

La conversación coincidió, casi simultáneamente, con la polémica entre Juan Daniel Oviedo y Claudia López. Oviedo presentó en una intervención pública datos contundentes: en Colombia, cada vez menos mujeres deciden ser madres o hay menos mujeres que puedan tener hijos; la tasa de fecundidad es la más baja de la historia; por lo tanto es claro que el país empezó su transición hacia la vejez, de manera acelerada. Claudia interpretó sus palabras como un llamado conservador a que las mujeres “se pongan a tener hijos”. Y no lo era. Era una advertencia estadística, para nada un sermón moral del exdirector del DANE. Pero al parecer en Colombia —por cuenta de la política— discutir datos es casi imposible, porque, tal como sucedió en este caso, es posible —y un objetivo de estrategia política— convertir cualquier información en una batalla de identidades.

Los datos importan, y mucho. Porque este país —sí, este, el que aún cree que es joven y vigoroso— está entrando en una curva demográfica que lo cambiará todo: el trabajo, la salud, las pensiones, la vida urbana, la soledad.

Hace pocos días me reuní con mis compañeros de colegio, 45 años después de haber salido a enfrentar el mundo fuera de los salones donde nos formamos y fuimos felices. Fue una conversación preciosa pero brutal. Hablamos de hijos, algunos de nietos, de los que tienen familias grandes y de los que no; de los que están cuidando padres enfermos y de los que ya no tienen a nadie que los cuide; de los que viven con la casa llena y de los que regresan cada noche a un silencio aterrador, a un apartamento solitario, habitado a veces solamente por recuerdos. Un dato muy significativo: varios de ellos —profesionales exitosos que echaron raíces en el exterior— regresaron, después de tanto tiempo, solo para tener esta conversación. Lo más sorprendente no fue la diferencia de experiencias entre unos y otros , sino la conciencia común de que la vida se está reorganizando de una manera que nadie nos enseñó a anticipar.

Ahí, escuchándonos, escuchamos las historias de sus vidas y para mí quedó claro lo que Juan Daniel Oviedo quiso decir: Colombia ya no es el país del relevo generacional garantizado. Es un país que se encamina hacia una estructura social distinta, donde, además de los problemas financieros, la soledad —esa experiencia privada, relegada a las canciones o a los libros de poemas— terminará siendo un desafío público.

Lo que revela el texto de Narbona en X no es un solitario drama individual, sino un gran anuncio de lo que viene. Oviedo lo advierte desde el lado de la estadística, y los números, que tienen esa asombrosa capacidad de anticipar, coinciden con el relato desolador del profesor de filosofía. Lo que plantea Oviedo no es una pataleta ideológica, sino un hecho demográfico. Si hay un tipo incapaz de manchar un juicio técnico con prejuicios políticos, es él. Por otro lado, lo que viví con mis compañeros no fue solamente nostalgia, sino el testimonio de una generación que se asoma, afortunadamente en este caso —consciente e inteligente— a un tiempo nuevo. Todo se encuentra en un mismo punto.

Es un error creer que el debate es sobre “tener o no tener hijos”. No. El debate real —el que nos va a tocar a todos— es cómo vamos a vivir en un país donde habrá más personas mayores solas, menos jóvenes, menos redes familiares y un Estado que no está preparado ni interesado en lo que está sucediendo.

En ese punto de encuentro —entre la incertidumbre, el miedo, la fría estadística y la conversación de una tarde con viejos amigos— aparece una verdad contundente: Colombia está envejeciendo sin haber construido un modelo de comunidad, porque en ese tema no hay cultura individual ni colectiva.

Por eso, el texto de Narbona en X dolió e hizo pensar a muchos. Por eso, la discusión entre Oviedo y Claudia se calentó tanto. Por eso, una reunión de ex alumnos llena de afecto, terminó convertida en una meditación colectiva sobre el paso del tiempo.

Nadie está obligado a reproducirse, ni más faltaba. Pero si el profesor Narbona hubiera tenido hijos y nietos, probablemente su relato desolador sería diferente. Quien decide tener un hijo descubre un efecto secundario que le da otro sentido a la vida, por lo general signado por la nobleza y el amor. Y de paso le ayuda al país a evitar que termine siendo un ancianato con himno y bandera.

Tal vez Teresa de Ávila tenía razón: “Solo Dios basta”. O tal vez —y esto es más terrenal, más racional — lo necesario será reconstruir un sentido de comunidad que no dependa únicamente de los hijos, ni de las familias, ni del Estado: una nueva forma de estar juntos, más consciente y menos solitaria. Los datos de Oviedo nos recordaron que el futuro ya está aquí, y que las cosas avanzan con o sin nosotros. Y eso es lo que debe hacer un político responsable.

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