
Casi nadie tuvo la culpa de todo lo que pasó en el Palacio de Justicia hace 40 años. Casi nadie, no. Nadie. Absolutamente nadie. Ese horror que aún pervive en muchas casas de este país, donde aún hay personas que no logran dormir, o que se cansaron de gritar, o que lloran en silencio, o que —simple y llanamente— se resignaron a morirse en vida, ese horror se produjo solo, por generación espontánea, por cosas del clima, por obra y gracia de la divina providencia, porque el destino es así, por mil y mil razones, pero, no por cuenta de alguien.
Por supuesto que nadie asumió su responsabilidad porque este es —y ha sido— el país del “yo no fui”, del “pero es que él empezó”, del “bueno, sí, fui yo, y qué, qué va a hacer o qué”, del “es por su bien”, del “ah, no sé, a mí me dijeron que hiciera eso”, del “hágale y después miramos”. Es el país de las peores disculpas. Es el país de los mejores cínicos. Es mi país.
No he visto aún que alguien asuma —aunque sea un poco— la responsabilidad de sus acciones (o de sus inacciones) que derivaron en aquellas terribles consecuencias. De pronto, el presidente de la época. Aunque ya se murió y —pues, la verdad— no sirvió de nada. La herida sigue abierta, supurando un infinito pus amarillento y venenoso, que por estos días andan utilizando como arma mortal para derribar al enemigo en esta asquerosa contienda electoral (tan parecida a las anteriores) donde la peor tragedia de nuestra justicia se ha convertido en botín de campaña política para despertar odios y amores que después convierten en votos de militantes y odiadores. Pues sépanlo todos: esos votos también estarán manchados de sangre. Acuérdense de eso el día de la elección. Mírense cómo sus rojas manos exudarán. Véanse al espejo mientras la cochina muerte les agradece. Pronto les tocará en suerte.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













