
Son “demasiado blanquitos” me dijo una persona del litoral Pacifico vallecaucano refiriéndose a la mayoría de los aspirantes a la presidencia de la República. Enseguida, sin mencionar sus nombres, me describió a algunos de ellos para justificar su afirmación: “un costeño fantoche que posa de italiano; otro cuyo primer empleo después de salir de la universidad fue el de viceministro y luego fue ministro durante décadas; un par con voces cachaquísimas; otro de peinado engominado que para ir a la provincia se viste con camisa y pantalones americanos marca Columbia, como si fuera a un viaje de aventuras; tres señoras detrás de la bendición de Uribe; y otro que sueña con dar balín a diestra y siniestra”.
Su afirmación, que en principio podría sonar racista, es más una ironía que lleva detrás un reclamo a esos candidatos por lo que él considera una inadecuada lectura del país. Y esa lectura equivocada tiene que ver con una pregunta que esos mismos candidatos se hacen y para la cual aún no encuentran respuesta: ¿Por qué a pesar de los escándalos de corrupción del Gobierno actual y de la precaria ejecución de muchas de sus políticas, el presidente tiene una favorabilidad cercana al 40 por ciento y el candidato de su partido puntea en las encuestas?
La verdad es que hay un sector significativo de la sociedad colombiana que no ha renunciado a su esperanza de cambio y que considera absurdo que la mayor parte de los candidatos ofrezcan “recuperar a Colombia” o “salvar a Colombia”. Esos colombianos que han vivido en el abandono sistemático del Estado no pueden entender que unos dirigentes quieran regresarlos a un pasado ignominioso o que los quieran salvar de una “tragedia”, como si la misma ya no la hubieran vivido a lo largo de la historia. Esos colombianos son conscientes de los escándalos de corrupción como los de la UNGRD y los rechazan. También son críticos de la ausencia de orden y método para administrar eficiente y eficazmente las entidades del Gobierno nacional. Ellos saben que el régimen de Venezuela es una dictadura y desean un tránsito hacia la democracia en ese país. Sin embargo, sus deseos de cambio, acumulados durante décadas, los impulsan a darle una segunda oportunidad al progresismo.
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