
Cuando entré a trabajar en el periódico El Tiempo, a fines del siglo pasado, me entregaron un manual de escritura que era grueso como una biblia de Gutemberg y que contenía todo lo que era y, sobre todo, lo que no era correcto escribir en una institución tan prestigiosa. Había, además, un departamento llamado ‘Corrección de estilo’, donde unos expertos leían palabra por palabra, línea por línea, de cada texto y se aseguraban de que los periodistas no fuéramos a cometer errores lingüísticos ni ortográficos. Buscaban, en resumen, un español perfecto. Pero ¿qué es un español perfecto? ¿dónde se habla eso?
En España dicen que el de ellos es el correcto y constantemente nos corrigen, a los latinoamericanos, por ignorantes. En Colombia decimos que hablamos el español más puro (no sé qué significa eso, en realidad) y nos burlamos de los otros países del continente, donde dicen cosas que nos suenan raras. En las ciudades desestimamos la forma de hablar de las comunidades rurales, por considerarla menos “culta”, menos “educada”, menos “elegante” que la nuestra.
La lengua ha sido, supongo, desde hace muchos años, un vehículo para diseminar el clasismo, el racismo y el sexismo, lo que convertiría al español en un arma muy poderosa, porque la hablan más de 500 millones de personas en veinte países del mundo.
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