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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

El video, la amenaza y los nombres del poder: el video que Colombia no puede ignorar

La escena es terrible, perturbadora y debería ser suficiente para entender la gravedad de este caso: una mujer que corre desesperada para salvarse y un hombre detrás de ella gritándole, sin ambigüedades, que la va a matar. Ese video —crudo, directo, imposible de ver sin sentir un escalofrío en el cuerpo y en el alma— no es solamente una prueba ni un detalle más dentro de una denuncia. Es la antesala de un feminicidio que por muy poco no ocurrió, el registro de un momento en el que la vida de Karen Santos pendía literalmente de los segundos que le permitieron cerrar una puerta a tiempo. Las imágenes no dejan espacio para las interpretaciones: ahí no hay una pelea entre esposos, ni un malentendido resuelto a gritos, ni una discusión pasajera. Hay miedo, hay violencia, hay una amenaza explícita, real, y una mujer que por muy poco escapó de la muerte.

Sin embargo, este caso tiene un elemento adicional que lo hace imposible de ignorar: el agresor no es un desconocido, ni un hombre marginal, ni un ciudadano del común. Es un empresario con relaciones sólidas dentro del Gobierno, el periodismo y la industria del espectáculo, que en el contexto de esa escena aterradora —según relata Karen Santos en la entrevista con Federico Gómez Lara en CAMBIO— menciona, de forma natural y directa, los nombres del presidente Petro y del ministro Armando Benedetti como sus eventuales aliados, dando a entender que la más alta institucionalidad del país es una extensión funcional a su voluntad de golpear y matar a la mujer.

Y es justamente en ese punto donde la violencia contra una mujer y la política dejan de ser mundos separados. La persecución registrada en video es el núcleo del horror del que muchos están hablando, pero lo que viene después en la entrevista —los audios, las amenazas, los nombres invocados— revela la dimensión más inquietante: un agresor que no solo ejerce violencia física, sino que afirma tener detrás un respaldo político que puede usar para intimidar, silenciar o doblegar a la mujer que está agrediendo, en caso de que no lograra matarla. Para cualquiera que haya estudiado la dinámica del poder en Colombia 
—especialmente en los últimos tres años— esa idea no sorprende; pero verla aparecer en un agresor cuando ha intentado cometer un crimen, sí debería estremecernos, pero especialmente debería hacernos reflexionar.

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