
Como manda la tradición colombiana, en mi casa se estrenaba televisor en cada mundial de fútbol. El primero fue un Sylvania de tubos, de cuatro patas, en blanco y negro, más grande el mueble que la pantalla y sobre el cual se ubicaba una carpeta de arabescos y encima, una porcelana —generalmente Capo di monti— al lado del infaltable cenicero y una bandeja de plata que se usaba como centro de acopio de pequeñas cosas, donde aterrizaban desde mancornas hasta tornillos, desde cajas de fósforos hasta el anillo rosa de mi madre, cuya pepa se estalló en mi presencia por cuenta de una brujería que una enemiga le practicó. Pero, esa es otra historia.
Yo no tengo recuerdos de 1974, pero —ese año— mi familia y sus amigos vieron los pocos partidos que transmitieron del Mundial de Alemania, donde la ‘naranja mecánica’ de Cruyff hizo de las suyas hasta que se estrelló de frente contra el poderío germano en la final de Munich. El corto resumen de ese partido lo vi mil veces en Elmundo al instante, un breve noticiero alemán que —a cada rato— transmitían por el canal siete.
En cambio, me acuerdo de Argentina 78. De la noche de los seis goles gauchos al Perú, del bigote de mariachi de Luque, de la melena de Kempes, de la calvicie prematura del polaco Lato, de la sonrisa sin dientes del escocés Joe Jordan, del técnico Menotti fumando cada vez que la cámara lo enfocaba, de la lluvia de papelitos en el Monumental de Buenos Aires, del yeso con el que pretendía jugar el holandés van de Kerkhof, de la estatura de Naninga, del tiro en el palo de Rensenbrink, de los goles en el alargue, del rostro del dictador Videla entregando la copa. Y ya. Todo lo vi en blanco y negro, en el Hitachi rojo, giratorio, que llegó a la casa el día de la inauguración.
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