
“La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista”, dijo Leonard Cohen al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 y, sin embargo, permanece y nos interroga y nos define. De igual forma ocurre con tantas emociones que no sabemos de qué lugar exacto provienen o quizás las mismas palabras que tanto nos conectan y nos permiten ser parte de amplias comunidades en el mundo. Darío Jaramillo Agudelo dice, en su poema Razones del ausente, “Díganle que el amor dura lo que dura una palabra”. Como quien dice que puede eterna o fugaz.
Se habla de las relaciones y los amores líquidos de hoy y muchos de ellos están a un clic de distancia en alguna aplicación. Los tiempos del Tinder y Bumble ratifican esos afectos líquidos y ante eso no hay nada que hacer. Es nadar a contracorriente. Mario Benedetti se anticipó a ello y dijo: “En este mundo tan codificado con internet y otras navegaciones, yo sigo prefiriendo el viejo beso artesanal que desde siempre comunica tanto”. Yo también lo preferiré.
Entonces, ¿de dónde vienen esas emociones? ¿Cómo tener la certeza del amor en un mundo que nos hace dudar tanto de los sentimientos? Estoy convencido de que sencillamente aparece como una claridad que no exige ruido, que nos moviliza y nos obliga a preguntarnos tantos asuntos sobre nosotros mismos. Ese temblor del amor nos recuerda, sin duda, que estamos vivos, tal cual también nos lo recuerda el desamor y sus dolores. En la escena final de El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, el poeta Oliverio le responde a la muerte “es mejor estar herido que dormido” y en esos vértigos hay señales infinitas del asombro, de ese asombro que es el origen de todo y de las inmensas preguntas de siempre. De ese temblor viene también, con seguridad, la poesía y los miedos, las culpas y todo aquello que nos mide el pulso vital.
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