
Las columnas que escribo para la revista CAMBIO siempre están relacionadas con asuntos de actualidad. Suelen tratar sobre temas complejos como la reforma a la salud, la financiación irregular de la campaña del Gobierno Petro o los malos manejos y las dudas sobre la gerencia y las finanzas de Ecopetrol. Pero este 28 de diciembre, a pocas horas de terminar el 2025, quisiera darme una licencia para escribir sobre algo completamente ajeno al caótico acontecer nacional: la paternidad. La verdad es que vengo masticando la necesidad de escribir esta columna desde que el pasado 24 de noviembre leí un bellísimo texto de la rectora de Eafit, Claudia Restrepo, en el diario El País. Se titulaba ‘La infancia que se encoge’ y trataba sobre una obsesión que deberíamos tener todos los padres: prolongar, de la manera más delicada y minuciosa posible, la infancia de nuestros hijos. Restrepo, en su texto, se preguntaba: “¿Cuánto dura hoy la infancia? ¿A qué edad dejamos de ser niños? ¿En qué momento el mundo entra demasiado pronto en la vida de los pequeños?”.
Luego desarrollaba una tesis que me parece también una excelente forma de describir nuestra época: vivimos un mundo en el que casi todas las fases de la vida se estiran y se retrasan, salvo la fase más importante de todas: la de la infancia, que se acorta: los niños crecen y sienten demasiado rápido, asumen cargas emocionales para las que no están preparados y atraviesan su etapa más vulnerable con menos protección y tiempo para madurar, escribe Restrepo. Todo esto es cierto, y es lamentable. No diré nada novedoso cuando afirmo entonces que la paternidad es retadora, por momentos agotadora y que no viene con manual de instrucciones. Tampoco será novedoso decir que la paternidad es, también, la mejor forma de conocerse a uno mismo: sus limitaciones emocionales, sus egoísmos, sus impaciencias y, sobre todo, sus miedos. Nunca, en ninguna otra experiencia de la vida, salen a flote de manera tan clara y visible los temores que nos persiguen como sombras, esos miedos que antes de ser padres no sabíamos que teníamos dentro de nosotros.
Así, en la paternidad, se encuentra uno desnudo ante el miedo y la incertidumbre. Pero también ante la esperanza de ser, cada día, la mejor versión de uno mismo. Y luego está la cuestión del tiempo y de la forma de medirlo. Recuerda uno entonces a la tía o a la amiga de la mamá que lo veía a uno cuando era adolescente y comentaba, con asombro genuino, “cómo está de grande este muchacho, cómo pasa el tiempo de rápido”. Esa frase, tan de cajón como comentar el clima o bendecir los destinos ajenos, solo adquiere su verdadera dimensión cuando uno experimenta el paso del tiempo en la infancia de los hijos propios. El asombro de mi hija mayor a los 3 años cuando creía que su vaca de peluche podía curarle su dolor de pierna, de mi hijo mediano cuando el fabuloso Ratón Pérez le intercambió su muela por un superhéroe con capa y espada, de mi hijo pequeño cuando vio por primera vez un arcoíris o manejó su primer carro de control remoto. Como preguntaba Claudia, ¿en qué momento dejan de ser niños?, ¿en qué momento la adultez, con toda su pesadez y sus responsabilidades, entra en sus vidas para no irse nunca más? Ser padre es también rogarle a Dios, inútilmente, que las manecillas del reloj se hagan más lentas, que los momentos en los que puedes vivir el milagro de su infancia se alarguen más y más. Porque son esos momentos, y no otros, los que terminarán definiendo nuestros días perfectos.
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