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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Cuando las palabras sostienen el mundo

Sabemos bien que las palabras se gastan y malgastan todos los días y que desde el habla popular se renuevan y cobran otros sentidos. El poeta, el que da eco a toda la tribu y le da tribuna a la expresión de los pueblos, dota de un color y una belleza a esas palabras hasta lograr modificarlas y darles muchos otros significados que, al combinarlas de una forma original, puedan exaltar las emociones y las sensaciones humanas. Por eso, la literatura lleva consigo la responsabilidad de conservar aquellas palabras para fundar maneras nuevas de habitar una lengua y, por qué no, crear idiomas que dan identidad a naciones enteras. Eso es lo que han hecho, entre otras tantas cosas, los clásicos de siempre.

Por eso es inevitable que, al ver el presente del mundo, volvamos a preocuparnos por esas palabras que son capaces de trazar destinos insospechados o de mentir y llevarnos al abismo. Los recientes hechos del planeta y del país me llevan a pensar en la necesidad de volver desde la educación a darle un papel protagónico al lenguaje y el asombro estético que nos permiten las palabras desde la literatura y de la necesidad permanente de regresar sobre nuestros mitos para poder construir nuevos relatos. Es algo por lo que he venido preguntándome últimamente y que me ha llevado a ser reiterativo sobre el asunto en diferentes espacios. Ver las nuevas narrativas del mundo a partir de discursos incendiarios o la tragicomedia nacional a través de un consejo de ministros televisado, es confirmar la urgencia de releer nuestros mitos fundacionales, reencontrarnos allí para poder crear nuevos relatos. Lo visto en estas últimas semanas es la evidencia de que necesitamos volver a asombrarnos y a sorprendernos con lo que nos ofrece el día de hoy y con la posibilidad del imaginar un futuro con sus incertidumbres.

¿En dónde se disputan las ideas, las identidades y los relatos de un tiempo? Acaso no ocurre todo aquello en las palabras y el lenguaje que nos permiten comprendernos mejor. Recuerdo que en la primaria escuché que la literatura me permitiría comprender mejor al otro, a aceptar las diferencias y que, página tras página, iba a empatizar con los personajes hasta el punto de sentir y percibir sus grandes emociones y sus infinitos temores, lo que sin duda sería una lección de humildad. De igual forma nos enseñaban poesía para conmovernos con esas palabras que eran capaces de subvertir el idioma para desafiar al propio corazón humano en su aventura vital.

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