
Con frecuencia me preguntan cómo construí mi carrera y qué consejos daría a quienes apenas comienzan la suya. Mi trayectoria profesional podría resumirse en esfuerzo, estudio y trabajo por encima de lo exigido, una lección de vida, en sí misma. También tuve suerte: estuve en el lugar correcto en el momento adecuado. Sin embargo, por encima de todo, conté con la confianza de personas clave que apostaron por mí. Hoy quiero hablar precisamente sobre eso: sobre apostar por los demás.
En mi primer traslado de Colombia a Honduras, mi jefe me dijo: «No necesito a alguien brillante, solo a alguien de confianza». Confieso que aquello me llevó a preguntarle si me consideraba limitado. Su respuesta fue lacónica: «Usted me entenderá». Con el tiempo comprendí el inmenso valor de la confianza en las personas que elegimos, con quienes nos relacionamos y en quienes apostamos.
Él confió en mí. Oficialmente, yo era ajustador de siniestros, sin rango jerárquico, pues un año atrás me habían sentenciado: «Usted es supervisor encargado; tendrá que probar que puede». Lo máximo permitido fue firmar documentos con un título que parecía sacado de una empresa pública de los años veinte (de 1920, por si acaso): «Supervisor (E)». Nunca llegó el nombramiento; por eso, en mi currículum pasé directamente de ajustador a gerente. Fui parte de una práctica que, aunque dice apostar por alguien, en realidad lo condena a demostrar constantemente que dicha apuesta fue correcta. Cuando finalmente se reconoce su esfuerzo, suele ser tarde e injusto.
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