
Estuve a menos de tres metros de Francisco. Y no una, sino dos veces. Pero hablaré de la primera, un miércoles, muy de mañana, en el otoño romano de 2016, tal vez el casi-encuentro más importante de mi vida con alguien que no sea de la familia.
Soy mal católico, lo confieso. Que es bien diferente a ser buen cristiano, aunque no entraré en esa personal discusión. No voy a misa con la regularidad indicada. Ya olvidé la última vez que estuve en un confesionario. Y, de forma reciente, he comulgado un par de veces, más como para aliviar una pena que por sentir fortalecida mi unión con Cristo. Estoy al debe con Él, lo sé. Y Él también. Así que, mejor, volvamos al plano terrenal.
La Plaza de San Pedro estaba a reventar y yo la contemplaba silenciosamente emocionado desde mi privilegiada ubicación, adonde llegué por cuenta de una invitación especial (que aún conservo) que logré después de mover cielo y tierra y que me sentaba en el costado lateral de la silla papal, como si fuera un persona muy importante y al lado de las parejas de novios que esperaban la bendición del pontífice para sellar su unión. Miré al cielo y lo vi más azul que de costumbre.
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