Hubo un tiempo en que las culturas entraban a las casas colombianas por televisión. Era un tiempo en el cual la tecnología había alcanzado un grado no tan alarmante de desarrollo y el capitalismo lograba instalar la pantalla como la ventana y el espejo antes de convertirse en la tecnoaldea feudal de nuestros días: del blanco y negro se había pasado al color, y al control remoto, y ya podían grabarse programas a través de casetes con formatos Beta o VHS. La primera emisión a color ocurrió un primero de diciembre de 1979, bajo el represivo gobierno de Julio César Turbay Ayala.
Era un tiempo en que los periodistas tenían ya una conciencia de la importancia de documentar un país a través de la imagen televisiva. Inravisión era un instituto público que daba señal a dos canales, que, a su vez, alquilaban espacios a programadores privados. El Estado tenía una programadora. Se llamaba Audiovisuales. Y buena parte de la memoria visual de nuestras vidas, que comenzaban a ser devoradas por las culturas de Estados Unidos, alcanzaron a tocarnos con el aura de lo sagrado.
Fue por la televisión que conocí a Heriberto Fiorillo, el periodista, cineasta, productor, gestor cultural y escritor que nació en 1952 y falleció en mayo de 2023. Fiorillo, al igual de Germán Castro Caycedo, se había formado como reportero en las redacciones de periódicos, en su caso El Heraldo, en los años setenta, y había sido subdirector de la revista Cromos, en la que trabajó con dos periodistas de gran oficio y humor como Rafael Baena y Antonio Morales Riveira.
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