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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Rebobinar la memoria

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que nuestra educación sentimental se rebobinaba en centenares de casetes piratas en los que escuchábamos algunas de nuestras canciones favoritas y veíamos muchas de las películas que forjaron muchas formas de contemplar el mundo. Eran los años en los que la cultura y la información no se descargaba con un clic de alguna plataforma, sino que llegaban a nuestras manos envueltas en carátulas borrosas, multicopiadas en máquinas Xerox cuyo contenido se desgastaba de tanto rebobinar. Quizás así se moldearon las emociones de varias generaciones que aun contienen en sus memorias colectivas las versiones de aquellas canciones con la escarcha de fondo del tornamesa que alojó por primera vez algún elepé original importado y con las normales interferencias de las grabadoras de la época.

Y no hago acá un elogio de lo artesanal de esos recursos frente a la maravilla que significa cargar la más completa fonoteca o videoteca personal en un teléfono celular con las plataformas del presente como Spotify, Netflix y Prime, entre otros. Para muchos fue la primera puerta de acceso a un amplio universo de canciones y películas que de ninguna manera llegaban por los pocos canales oficiales que existían. Eran unos tiempos cuando uno conseguía en las cercanías de muchas universidades públicas, y algunas privadas, al vendedor de casetes de sesenta y noventa minutos, Sony o TDK, o betamax y posteriormente de VHS con muchas de las películas a las que solo se podía acceder a través de esas logias del afecto llamadas cineclubes y de la música a la que era imposible acudir en las casas disqueras.

Era toda una experiencia y aventura y de vez en cuando regresan a mí algunos de estos casetes cargados de la nostalgia de aquellos años. Creo que los pocos que conservo los guardo por los mismos motivos que muchos guardan cartas de amor, servilletas anotadas y tiquetes de conciertos: como un museo de la nostalgia, tal cual lo llama el escritor Orham Pamuk. Los guardo como talismanes de un tiempo en el que fui feliz y en los que el asombro llegó muchas veces a través de esos objetos que hoy parecen criaturas fantásticas. Y lo eran porque almacenaban en sus cintas toda la belleza del mundo y por eso era un ritual desenredar la cinta con un lápiz o bolígrafo cuando, de tanto adelantar y devolver, se salían de su casquete hacia un destino irreversible. Allí escuchamos a los grandes de la música y vimos las mejores películas sin las reglas, disponibilidades y tarifas de las video tiendas de barrio o de cadena. Estos mercados callejeros eran de alguna forma una infinita fuente de títulos que iban desde los grandes éxitos de la Fania All Star hasta Bob Marley o Bob Dylan o desde el reciente estreno comercial hasta lo mejor del cine polaco o soviético del momento.

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