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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Se va Tiberio, o Kerajhipcu, el grande. ¿Y la selva qué?

Se murió Tiberio –Kerajhipcu, en su lengua–, un grande de los Upichia, padre de Uayú y Daniel. Tenía su maloca bajando de Araracuara, en el resguardo de Villa Azul. Educado por gente de ‘monte firme’, había pasado largos años aprendiendo con otros muchachos indígenas en los bancos del mambeadero, con los ancianos del rio Mirití. Gente que creció con los calendarios ecológicos, las dietas, los reglamentos de manejo de la selva y el respeto por los dueños espirituales de cada pedazo de naturaleza que hay en las inmensas selvas amazónicas.

Tiberio había establecido su casa en los linderos de su territorio ancestral, en límites con la tierra de los Andoke, de los Murui Muinane y los Uitoto. En el final de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, en la región de Araracuara y el bajo rio Caquetá, existía el programa más grande de investigación sobre el bosque tropical amazónico –Tropenbos– que haya tenido Colombia, financiado por la cooperación holandesa. El programa permitió que los mejores investigadores del país, entre biólogos, forestales, arqueólogos, economistas, agrónomos y geólogos, desarrollaran líneas de investigación de largo plazo y, en conjunto con investigadores holandeses de talla mundial, avanzaran en un conocimiento que hasta ahora sigue teniendo vigencia y, tristemente, falta de uso en las decisiones de política pública.

Al otro lado se encontraban indígenas de la talla de Tiberio Matapi, Óscar Roman, Fisi Andoque, Enrique Boa, Enrique Miraña, Sebastián Nonuya y Eduardo Paki, entre otros muchos grandes pensadores, que fueron los interlocutores con ese enjambre de investigadores. Fueron años dorados de producción intelectual e intercambio cultural que quedaron plasmados en numerosas publicaciones, así como en un grupo grande de profesionales que marcaron parte de la institucionalidad ambiental durante un par de décadas. Hoy, Araracuara es el mejor ejemplo de cómo un país puede retroceder, y ser comido por la manigua, que se traga los últimos muros de la portentosa infraestructura de investigación que alguna vez existió y que funcionarios de medio pelo dejaron caer bajo el monte y resentimiento.

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