
En las últimas semanas se desató desde la Casa de Nariño una euforia nacionalista con reiteradas, airadas y altisonantes invocaciones a la defensa de la dignidad de los connacionales deportados. El gatillo que disparó este súbito arrebato presidencial fue, aparentemente, la indignación del primer mandatario por el tratamiento que recibieron de parte de Estados Unidos los deportados colombianos encadenados en los aviones militares de ese país.
Nadie cuestiona la obligación que tienen la ciudadanía y las instituciones de defender los derechos de los migrantes ilegales colombianos deportados desde cualquier lugar del mundo. Sin embargo, la alharaca del jefe del Estado realmente no la inspiró la angustia por las afrentas a nuestros compatriotas sacados de los Estados Unidos. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que fue el oportunismo, más que la indignación, lo que motivó la decisión de impedir la llegada de los aviones con deportados. El presidente Petro ve en la victoria de Trump una bendición, un bálsamo para esconder las reiteradas frustraciones y los innumerables fracasos que reconocieron en público el mandatario y sus ministros en ese ejercicio de pornografía política que fue la última sesión del gabinete.
La manipulación del asunto salta a la vista cuando se tiene en cuenta que el procedimiento de deportación que generó la reacción de Petro fue acordado formalmente por ambos países y se venía aplicando sin objeciones a lo largo de los dos años largos, muy largos, que lleva este Gobierno. Es más, durante esta administración han ocurrido los mayores niveles de recepción de deportados en la historia, y no solo desde los Estados Unidos sino también desde otros países, incluidos latinoamericanos.
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