
Parece que no hubiera nada más inocuo que un cuento infantil, pero, en el mundo en el que vivimos hoy, ni siquiera Blanca Nieves se salva de morir por envenenamiento. Las feroces críticas a las que se ha visto sometida la última película de Disney son la prueba de un mundo tan dividido que hasta una historia para niños puede ser igual de explosiva que una bomba.
Todo comenzó hace ocho años, cuando se inició el rodaje de la película. El planeta era un lugar distinto, en ese entonces. No había covid, no había guerra en Israel, no estaba Trump en la presidencia y Disney era un estudio todopoderoso que, si bien hacía películas apolíticas, le había apostado a la diversidad y la inclusión.
Pero Blanca Nieves parecía estar embrujada desde el comienzo. Hubo que detener varias veces la filmación por factores externos (la pandemia, un accidente en el set, la huelga de actores) y el presupuesto se disparó. Mientras tanto, comenzaron las críticas a una cinta que estaba en proceso y que tuvo que cambiar mucho para llegar a la pantalla: que si los enanos son políticamente correctos, que si los efectos especiales son pobres, que si el vestuario es feo, que si el trailer es engañoso…
Sin embargo, tal vez a quien más han atacado los detractores de la película es a la protagonista, Rachel Zegler. Según la historia original, Blanca Nieves era “una niñita tan blanca como la nieve”, y Zegler es latina (nieta de una barranquillera, para más señas). Pero no solo el color de su piel ha sido objeto de comentarios peyorativos, sino su peluca, su actitud de diva y, por supuesto, sus comentarios políticos y feministas.
Zegler se ha declarado abiertamente anti trumpista en las redes sociales, ha dicho públicamente que apoya a Palestina y ―horror de horrores― ha criticado a la Blanca Nieves original, la de la película animada de 1937, porque no era una mujer empoderada sino que necesitaba al príncipe azul para ser feliz para siempre.
Lo que ocurre con Zegler me recuerda a los reinados de belleza de antaño, cuando a las candidatas se les prohibía tener una opinión o inmiscuirse en política y debían presentarse bellas, pulcras y perfectas a la prensa. Porque eran eso, al fin y al cabo: reinas de belleza. Y lo importante es que fueran bellas. Bellas y que les quedara bien la corona, justo como a las princesitas de Disney. Rachel Zegler puede encarnar a Blanca Nieves, pero está muy lejos de parecerse a la protagonista de la historia infantil. No es una chica de ojitos dormilones y pensamientos igual de blancos que su piel, sino una mujer que se atreve ―con demasiada fuerza a veces, todo hay que decirlo― a expresar sus opiniones en público, y es duramente castigada por ello.
Este mundo ha cambiado. En ocho años se ha radicalizado, se ha dividido y se ha convertido en un lugar mucho más hostil, donde todos tenemos una opinión que nos enfrenta constantemente los unos con los otros. Convendría preguntarse si ese público que critica a Zegler por sus comentarios no preferiría más bien que las princesas de Disney vuelvan a aquellos tiempos en que eran bellas y silenciosas. Tal vez lo que quieren es el regreso de las caricaturas.
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