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Juan David Correa
Puntos de vista

Coca y Caína

El tema no es solo sustituir la mata, ni matar la mata, ni fumigar la mata, ni comprar la mata, ni arrancar la mata: el tema es legalizar la cocaína, y cambiar nuestra relación cultural y mental con una planta que lleva satanizada cinco siglos desde cuando los primeros conquistadores –y se empeñan en decir que el colonialismo ya no existe– llegaron a estos pagos: “Creo yo que algo lo debe causar, aunque más me parece una costumbre aviciada y conveniente para semejante gente que estos indios son” (Pedro Cieza de León, 1540); “La coca es una planta que el demonio inventó para la destrucción total de los nativos” (Diego Robles, 1569); Ley por la cual Felipe II “ordena castigar a los que obligan a los indios a ir a la granjería de coca” (17 de diciembre de 1563).

Del siglo XVII, tras la inquisición y la demonización, la pobre planta que oscurecía los dientes y hacía ver sucios a los indígenas, la misma que los enloquecía y aquella que era imposible de convertir en algo sofisticado como el cacao o el tabaco por la dificultad de llevarse hojas a la boca, o exhibir las quemaduras que podía producir la cal, hasta el siglo XIX, en 1859, cuando se aisló el alcaloide de la cocaína por vez primera, a 1880, cuando Sigmund Freud intentó defenderla –“todos los informes sobre la adicción a la cocaína y el deterioro resultante se refieren a los adictos a la morfina”–, llegamos a la década de los años cuarenta del siglo pasado, cuando el capitalismo entendió que no había cabida para una costumbre “chocante y depravada”, y de la mano de la primera comisión investigadora de las Naciones Unidas, presidida por el ilustre señor Howard B. Fonda, presidente de la Asociación Americana de Fabricantes Farmacéuticos, llevamos un siglo largo pensando y penando por la Mama Coca, que Estados Unidos convirtió primero en una planta perseguida por la Inquisición Farmacéutica, usó como compuesto para la Coca-Cola y convirtió en un enemigo en la guerra contra las drogas, del presidente Richard Nixon, fracasada desde hace cincuenta y tres años a pesar de la sangría que ha producido entre nosotros.

En 2007, la embajada de Colombia en Londres censuró la obra del artista Wilson Díaz. Estaba compuesta por algunos videos que mostraban cantantes y artistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Además, en la exposición se encontraban algunas plantas de coca que querían significar, como muchas de las obras del arte contemporáneo nacional reciente, la profunda contradicción que han padecido los colombianos frente a la naturaleza. El eslogan de la época del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que se transmitía por televisión y que vieron miles y millones de personas mientras hacían sus oficios cotidianos, consideraba que la coca era “una mata que mata”. Una generación de colombianos creció creyendo que las matas matan. Una generación de colombianos creció creyendo que la maldición de la marihuana era un asunto de unos aborígenes caribes y que la coca era un problema de pobres indios miserables a quienes convirtieron en proscritos raspachines. Una generación de colombianos creció viendo la amapola como una flor maldita.

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