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David Colmenares
Puntos de vista

Correr también es valentía

La conocí en un aula de la Fundación Juanfe, en Cartagena. A sus 20 años, esta joven –menuda, de mirada tímida pero decidida– cargaba en brazos a su bebé y llevaba a cuestas un bagaje de experiencias difíciles. YP quedó embarazada a los 18 y tuvo que enfrentar la pérdida de oportunidades, la precariedad económica que se perpetuaría al menos por una generación y el desafío de reescribir su futuro con responsabilidades inesperadas. Su pareja, aunque presente, representaba más una carga que un apoyo. En la Juanfe encontró algo que transformó su vida: por primera vez, la posibilidad de creer en sí misma, de imaginar un futuro distinto al que parecía inevitable. Después de más de un año y medio de esfuerzo, recientemente terminó sus estudios en servicios hoteleros y, por primera vez, hay oportunidades distintas. Su sonrisa al contar que puede mantener a su hijo –y que él “no pasará por lo mismo que yo”– iluminaba la sala, reflejando una transformación poderosa.

Su historia no es única. América Latina tiene una de las tasas más altas de embarazo adolescente en el mundo: casi el 18 por ciento de los nacimientos corresponden a madres menores de 20 años, una cifra que duplica el promedio europeo y supera en más del 30 por ciento la media global. Esta realidad impacta especialmente en las adolescentes de comunidades vulnerables, donde las tasas de embarazo pueden ser hasta tres veces más altas que en sectores con mayor acceso a educación y salud. Pero lo más alarmante es que en muchos casos estas maternidades no son una elección. La falta de acceso a educación, la violencia sexual y la ausencia de oportunidades dejan a miles de niñas sin posibilidad de decidir su propio futuro. En la región, el 80 por ciento de las agresiones sexuales tienen como víctimas a niñas de entre 10 y 14 años, perpetuando un ciclo de desigualdad que comienza en la infancia y se extiende por generaciones. Más que una cuestión de salud es una crisis de derechos humanos que perpetúa la pobreza y la exclusión.

YP compartió conmigo un episodio traumático: un intento de abuso por parte de un familiar. Al preguntarle cómo reaccionó, su respuesta fue contundente: “Corrí”. Insistí en saber más y ella reiteró: “Corrí”. Su instinto la protegió de un peligro inminente, preservando su integridad física y emocional. Correr, huir, evitar, también es una opción. Sin embargo, a los hombres se nos enseña lo contrario: que enfrentarse es lo que define nuestra valentía. Pero, ¿cuántos hombres han perdido la vida intentando demostrar su hombría en enfrentamientos evitables? Según datos globales, los hombres tienen casi cuatro veces más probabilidades que las mujeres de fallecer en enfrentamientos violentos, muchos de ellos evitables si se cuestionaran los códigos de masculinidad que equiparan valentía con agresión.

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