
Es triste el otoño de Álvaro Uribe Vélez, el presidente más popular de los últimos sesenta años en Colombia, el más aplaudido, el más poderoso, el más creído de su éxito, el más apersonado de su gloria, acosado ahora por el incansable fantasma de su pasado por acusaciones ante la justicia de bárbaras acciones: soborno a testigos, fraude procesal, complicidad para delinquir, masacres, ejecuciones extrajudiciales…
Un domingo en la mañana, este domingo que acaba de pasar, se va a una pequeña iglesia de la ciudad que lo vio despegar en su carrera política, una iglesia donde sabe que lo van a reconocer y lo van a aplaudir y él, en su humildad, va a pedir que no sean tan generosos con él, que moderen sus palmas, que acallen un poco su fervor. Y luego sale al barrio, a una tienda, para pedir un buñuelo, símbolo de la Navidad paisa, para deleitar con un tinto así como los campesinos arrancan los días de trabajo en lo más profundo de las montañas de Antioquia, una tienda donde sabe que lo van a reconocer y lo van a oír, no importa lo que diga, lo van a oír y entonces el repite lo que está diciendo, una y otra vez, en el juicio que le adelanta una jueza, una humilde y valiente jueza, repite que las víctimas que lo acusan han comprado unos testigos, que les han enseñado a mentir, que en realidad no son víctimas sino enemigos que han organizado una persecución política.
Es una puesta en escena que difundirá a través de sus redes, mensajes que antes, en los días de su gobierno y aun en los años posteriores, eran recibidos por la opinión generalizada sin beneficio de inventario, pero que ahora, alguna gente, quizás mucha gente y algunos medios y algunas redes, quizá muchos medios y muchas redes, se atreven a cuestionar.
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