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Jaime Honorio González
Puntos de vista

El sueño del tigre

Amo el fútbol. Qué puedo hacer. En mis ratos libres, que no es que abunden, veo partidos completos, y la mayoría de las veces no importa quién juegue. No resulta muy particular mi confesión, lo sé. Somos muchos quienes así procedemos.

Y aunque de niño estaba convencido de que este era el país más futbolero del mundo, poco a poco me fui dando cuenta de todo lo contrario: ni somos potencia, ni somos los mejores, ni somos de los buenos, ni mandamos en el continente, ni nuestros torneos son importantes, ni nuestros jugadores son o fueron referentes mundiales. Sí, muy buenos jugadores sí. Sí, conocidos sí. A muchos los conocen o los conocieron. Pero, referentes mundiales de verdad, no.

Bueno, excepto unos dos o máximo tres. Y uno de ellos, tal vez el más, el queridísimo Radamel Falcao García, un tipo no muy alto para la posición que juega (1.77 metros de estatura), impresionante cabeceador, tremendamente hábil en el área, eximio definidor. Y muy buen tipo, eso se le ve. No lo conozco personalmente, ni he tenido la fortuna de entrevistarlo siquiera. Pero, es que se le nota lo decente que es.

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