
Esta semana pude ver enormes parches de bosque calcinado en la mitad de la serranía de la Macarena, alrededor de una vía (de aquellas que dejaron las Farc bajo el bosque y el Estado nunca recuperó) que rompe el parque en mil pedazos entre Caño Santo Domingo y La Julia. Mientras escribo esta columna se estarán sembrando nuevos pastos o cocales en un pedazo de la más importante reserva de biodiversidad de Colombia y del mundo, en medio de un conflicto social y armado que parece no tener fin, ni conmiseración con el patrimonio ambiental público.
La Macarena, la gloriosa joya del sistema de Parques Nacionales, agoniza. Fracturada en pedazos que señalan las carreteras ilegales que la atraviesan, y remarcados con saña por inmensos potreros o cocales en distintos grados de madurez y cosecha, los bosques de La Macarena se empiezan a diluir en medio del acecho de esa inmensa hidra deforestadora que ha acabado con millones de hectáreas en las últimas tres décadas, donde cada cabeza, ya sea la petrolera, la agroindustrial, la ganadera, la cocalera, la guerrillera, la maderera, se siguen engullendo cada trozo de esta muestra viva de la majestuosa diversidad de este país, donde confluyen la mayor cantidad de biomas del continente.
Vamos al punto. La fragmentación generada por la ampliación de la ‘trocha ganadera’ que une Vistahermosa con el casco urbano de La Macarena, ya es total y el bosque que unía la zona plana de bosques amazónicos con la serranía ha desaparecido ante el embate de los potreros y el ganado. La trocha que va de Barranco Colorado a Nueva Colombia cada vez se abre más y aísla la esquina suroriental de la planicie, bordeada por la zona cocalera del río Cafre y del Guayabero. En el corazón de la planicie, el río Cabra, sigue expandiendo un enclave cocalero de gran escala, alejado de comunidades, pero poderoso en su capacidad de transformación del paisaje boscoso más conservado de ese relicto de la cuenca sedimentaria. Entre Santa Lucía y las bocas del Cafre, también un corredor cocalero y su vía ‘perimetral’ por dentro del parque impiden cualquier conectividad hacia el Ariari, y más aún hacia el alto Manacacías, que en su zona amortiguadora presiona con el corredor de palma de aceite, desde Puerto Rico hasta Concordia. Cierro señalando que el límite del área protegida que conecta Puerto Rico con Vistahermosa ha sido pulverizado en enormes fincas que cierran esta frontera hasta toparse con la serranía. Estamos asistiendo a un fenómeno similar al de la zona sur del Tinigua, donde el proceso de transformación de los bosques en grandes potreros y cocales parece irreversible, así como la perdida de sus funciones ambientales
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