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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Las horas oscuras

Me parece que alguna vez leí cuando el capitán Spiff apareció de repente y derrotó a Moe, asestándole un certero golpe en su inmensa mandíbula, que lo hizo volar por todo el recuadro y lo dejó tendido cuan voluminoso es, impidiendo así que el matoncito de la historieta consumara su aleve ataque contra el pobre Calvin.

De pronto fue la única vez que sucedió, no lo sé. Pero, fue más que suficiente para mí. Me quedé feliz de ver al tiranillo revolviéndose en su propio dolor, desparramado en el suelo, coronado por su asqueroso ombligo que —en aquella ocasión— la camiseta negra no le alcanzó a ocultar. Es la escena que más recuerdo de todas las que vi, la de la reivindicación del deber ser, la del abusador reducido a su mísera existencia, la del todopoderoso convertido en insignificante cucaracha kafkiana sin derecho a regresar a su humanidad. ¡Qué felicidad disfrutar su caída!

En general, tipejos como Moe, grandes y amorfos, manejan una lógica tremendamente básica, la de la fuerza; tienen una única meta, la de ganar; hacen lo que tengan que hacer para lograr su objetivo, casi siempre pisoteando al otro; creen ciegamente en la eternidad de su existencia, y luego, si la vida los pone en su lugar, terminan valiendo poco menos que una baratija.

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