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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Los últimos mecánicos de las palabras

En la fachada de una casa al occidente de Bogotá, un aviso resistió durante años el paso del tiempo y el avasallador avance de la tecnología: “Eccehomo Rodríguez E. - Arreglo técnico de toda clase de máquinas de escribir y calcular. Servicio de mantenimiento y reencauche de rodillos”. Más que un anuncio, era un vestigio de un oficio que desapareció pero que ha quedado en la memoria de tantas generaciones, a la par que han permanecido para siempre tantas palabras mecanografiadas e impresas. Quizás don Eccehomo fue el último mecánico de las palabras, el conocedor de los secretos de esas letras que nacían del contacto de la mente y el corazón con unos dedos que, al tocar unas teclas, traducían no solo las inmensas emociones humanas sino los asuntos cotidianos, contables, burocráticos que tanto necesitan de las palabras para ser comprensibles para todos.

Eccehomo Rodríguez llegó a Bogotá a los 14 años desde Tunja, tierra que lo vio crecer con telón de fondo de las balas y los ecos de la violencia bipartidista. Hijo de campesinos, comenzó su vida laboral como mensajero en Zapatos Corona, hasta que una vacante en Sperry Remington —ícono de las máquinas de escribir— le cambió la vida. Allí no solo encontró un trabajo, sino un sentido de pertenencia y un oficio. Su carisma y buen humor lo llevaron a ser promovido de mensajero a técnico mecánico de las máquinas de escribir que él aprendió a desarmar y armar casi de memoria. Luego se independizó y se dedicó el resto de su vida al oficio que aprendió y conoció a la perfección. Entonces, Eccehomo reparaba máquinas en varias dependencias del aeropuerto, así como en juzgados, alcaldías locales y clientes personales, con una destreza que asombraba. Con el pago de una reparación hecha para American Airlines le compró a su hija poeta las primeras botas punk y la llevó a su primer Rock al Parque con la misma complicidad con la que escuchaba canciones de Guns N´Roses y boleros mientras reparaba con infinita paciencia aquellas máquinas.

Por su parte, Rocío Navarro y Jaime Rodríguez son una pareja que lleva más de 50 años en el oficio de la mecanografía que aprendieron en la Academia Comercial Narciso Viña en El Espinal, una academia familiar donde los padres de Rocío, don Juvenal y doña Fanny, enseñaban los secretos no solo de la mecanografía, sino de la contabilidad y la taquigrafía. Rocío jugaba con las máquinas desde muy niña y fue así como se familiarizó con las Brother, Olivetti, Olympia y Remington, entre otras, y su primer trabajo fue no solo transcribir las tareas, sino escribir los análisis de los ensayos de literatura para sus compañeras del colegio. Y así, poco a poco, conocieron, junto con Jaime, el oficio que los llevó muchos años después a aventuras mucho más ambiciosas como desgrabar y transcribir los treinta y tres casetes de las conclusiones de la Comisión de los Sabios que el presidente César Gaviria nombró para que recomendaran algunas hojas de ruta para la educación nacional. El resultado fue un documento de más de 150 páginas titulado Colombia: al filo de la oportunidad, en el que un grupo de diez intelectuales, científicos y académicos encabezados por el premio nobel de literatura, Gabriel García Márquez, seguido por Rodolfo Llinás, Carlos Eduardo Vasco, Ángela Restrepo, Manuel Elkin Patarroyo, Marco Palacios, Fernando Chaparro, Eduardo Aldana Valdés, Rodrigo Gutiérrez y Eduardo Posada mostraban una posible hoja de ruta para cambiar la educación en Colombia.

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