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Jaime Honorio González
Puntos de vista

País de sordos

De nuevo, se ha vuelto imposible tener una conversación medianamente sensata sobre política en este país. No está permitido, de ninguna forma, argumentar en contra de algún dirigente o candidato, o de alguna política pública de antes o de ahora porque el fanatismo está a la vuelta a la esquina, listo para saltar con sus fauces abiertas y caer con toda su fuerza sobre el iluso que aspire a posicionar una idea. Al menos, a plantearla. No, no es posible.

Es la Colombia que nos espera en los próximos catorce meses, con la triste certeza de que la situación se irá exacerbando. El ejemplo comienza bien arriba, con el presidente de la República, continúa con su equipo de trabajo, sigue con todos sus defensores acérrimos, pagados o no, y termina con el resto del país, que no está de acuerdo —con motivos o sin ellos— con las decisiones tomadas. O con las ideas propuestas.

Aunque lo que me preocupa tanto no es la crítica. Lo que me parece realmente grave es que todo termina mediado por un espantoso cedazo electoral, que apunta no a construir sino a destruir al contrario, sin piedad, sin rigor, sin lealtad, sin ética.

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