
Ismael Miranda, ‘el niño bonito de la salsa’, aterrizó en Cali el 26 de diciembre de 1972. Era la estrella invitada a la Caseta Panamericana de la feria de ese año. Cantaría acompañado por la Spanish Harlem Orchestra, dirigida por el pianista Óscar Hernández. Lo acompañaban músicos de primer nivel como Joey Santiago, en el bajo; Nelson González, en el tres; Nicky Marrero, en el timbal y el bongó; Frankie Rodríguez, en la conga; Miguelito Colón, en el trombón; Jim Rodríguez, en la trompeta; y Carlos Celedón, en el piano. Miranda había comenzado su carrera con solo dieciocho años, de la mano del pianista y compositor Larry Harlow, ‘el judío maravilloso’. Era una estrella internacional del sello Fania Records, fundado por Jerry Masucci en 1964.
Ese mismo año, en La Escalinata, uno de los sitios de referencia de los bailadores y cultores de la salsa, que para entonces era un género musical repudiado por las clases altas de la ciudad, Larry Landa vendía papeletas de cocaína en las noches. Era un grill donde se ponían duros los duros. “Era vago, rumbero y pelión”, dicen quienes lo conocieron. Landa era un buscón, un caminante de la noche que vivía para la música, aunque sobreviviera del crimen. Y había conocido el Picapiedra, en la carrera 5 con calle 15, reino de Jairo Caicedo, ‘el Grillo’, uno de los primeros narcos y proxenetas de la ciudad. Su historia la llevó al cine José Antonio Dorado Zúñiga, en su película El rey (2004). También en el Picapiedra termina la novela ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo, quien por estos días cumple cuarenta y ocho años de haberse suicidado en el primer piso del edificio Corkidi, de la capital del Valle: Andrés había cruzado la frontera mental que aún tienen algunos caleños de clases pudientes que consideran que todo lo afro y popular no merece existir.
Miles de colombianos migraron a Estados Unidos a finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. Aunque algunos estudios han querido situar allí el comienzo del narcotráfico, historiadores como Eduardo Sáenz Rovner insisten en que el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos, según archivos desclasificados por el Departamento de Estado, en su libro Conexión Colombia, empezó en los años sesenta, e incluso hay célebres antecedentes, como los de los hermanos Echavarría, capturados en Cuba en los años cincuenta.
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