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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Venga esa mano país

La década de los noventa en Colombia comenzó entre grandes incertidumbres y una que otra ilusión. En medio de la violencia que arreciaba por esos días y el miedo a salir a las calles por temor a que explotara alguna bomba del Cartel de Medellín, traíamos el desencanto colectivo por el asesinato de Luis Carlos Galán y los crímenes y masacres contra poblaciones y líderes de la Unión Patriótica. Sin embargo, la ilusión de volver a un mundial de fútbol después de 28 años cohesionaba a la Colombia de entonces alrededor del ‘Sí, sí Colombia, sí, sí Caribe’ de Francisco Zumaqué que, desde entonces, se convirtió en el himno del fútbol colombiano. Precisamente dos días después del magnicidio de Luis Carlos Galán comenzó la senda clasificatoria de la selección, derrotando en Barranquilla dos goles a cero a Ecuador, marcador que había pronosticado, unos días antes, el asesinado líder liberal.

La izquierda llegaba fracturada a esas elecciones de 1990 no solo por la masacre dirigida sistemáticamente a la Unión Patriótica en la que de manera selectiva se asesinaba dirigentes, militantes, bases juveniles y líderes regionales, sino por la misma crisis de la izquierda mundial que recibía el coletazo de la caída del muro de Berlín y del bloque socialista de Europa del Este y la disolución de la Unión Soviética. Eso se reflejaba en lo local en interminables discusiones entre una vieja guardia dogmática y un sector joven que buscaba revisar los errores que llevaron a esa crisis mundial. Para la muestra había dos candidatos jóvenes, carismáticos, que representaban una nueva izquierda en Colombia: Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. El primero venía del corazón de la Unión Patriótica y el segundo del desmovilizado M-19 y que se convertiría en el candidato de la Alianza Democrática M-19. Los eslóganes de ambas campañas eran llamativos y pegajosos: “Venga esa mano país”, decía Jaramillo, y “Palabra que sí”, de Carlos Pizarro, después de decir: “Que la vida no sea asesinada en primavera”.

Yo era un adolescente inquieto por la historia y las letras y me conmovía todo lo que pasaba. Me habían impresionado las muertes de muchos amigos cercanos de mi padre con los que había compartido momentos muy felices llenos de anécdotas y relatos. Muchos cayeron en la masacre sistemática contra la Unión Patriótica y se había normalizado asistir a alguna marcha o a funerales que se convertían en protesta posteriormente. Siempre en esas protestas y funerales sobresalía el gran cabello rizado del actor Pachito Martínez, uno de los legendarios fundadores del teatro La Candelaria cuyo rostro siempre recuerdo envuelto en lágrimas ante la caída de un compañero, de un camarada.

Es cierto que por esos días los simulacros de evacuación en los colegios eran más por posibilidad de atentado terrorista que por desastre natural, pero cada magnicidio se convertía en días de asueto por precaución y cuidado de los estudiantes ante cualquier desmán. Algo pasaba en esa Colombia que nos estaba desmoronando a todos y que dejaba en mi generación una impronta indeleble de desencanto temprano. Se rumoraba que entre Jaramillo y Pizarro se estaba fraguando una posible unión de la izquierda alrededor de un frente mucho más amplio que recogiera sectores progresistas de todo el país. Seguro que el carisma y la voluntad de ambos líderes en ese momento lo hubieran logrado, pero la llamada mano negra y los sectores oscuros siguieron ejecutando las órdenes y, el 22 de marzo de 1990, en el Puente Aéreo de Bogotá, asesinan a Bernardo Jaramillo Ossa. El desconcierto era otra vez total. Otra vez vimos a Pachito Martínez encabezando el funeral simbólico de Bogotá, mientras en Manizales despedían a candidato de la UP con tangos, entre ellos su favorito Volver: “Sentir / Que es un soplo la vida / Que veinte años no es nada / Que febril la mirada / Errante en las sombras, te busca y te nombra”. En Bogotá ya se había convertido en un pregón de las calles “Por nuestros muertos ni un minuto de silencio / toda una vida de combate” o “Yo te daré / te daré patria hermosa / te daré una rosa / una rosa llamada UP”.

Hay una foto de William Torres, de El Tiempo, que fue portada del periódico hace 35 años. En ella se ve a Carlos Pizarro, consternado, frente al cadáver de Bernardo Jaramillo Ossa en la velación en el capitolio nacional. Su mirada, además de tristeza e impotencia, delata temor y algo de intuición. Treinta y cuatro días después, el 26 de abril, un sicario le disparó a bordo de un Boeing de Avianca que viajaba de Bogotá a Barranquilla. La vida fue asesinada en plena primavera. Lo demás es historia. Ya eran cuatro candidatos presidenciales asesinados antes de las elecciones de 1990 que lleva a Cesar Gaviria a la presidencia, cuyo discurso de posesión termina con un “Bienvenidos al futuro”. Con esos asesinatos, el entusiasmo juvenil de que llevó a que se aprobara la ‘Séptima papeleta’, semilla de la Constitución de 1991, se estaba comenzado a redactar lo que sería un futuro. La Colombia de hoy que sigue fracturada y que se edificó sobre aquellas muertes. Ese futuro que se estaba redactando ya traía varios traumas y fracturas imposibles de sanar. El gol de Rincón a Alemania en tiempo de adición provocó un grito de euforia contenida en medio del desastre. Al final se frustró la posible unidad de la izquierda y la Alianza Democrática M-19 se presentó a las elecciones con Antonio Navarro, quien logró la tercera votación detrás de Gaviria y Álvaro Gómez, derrotando a Lloreda, del partido conservador. Recuerdo que la Unión Patriótica hizo un llamado contundente a su militancia: “Si a la Constituyente / No por presidente”.

Treinta y cinco años después de aquellos magnicidios seguimos transitando por una patria que aún no ha podido enterrar del todo a sus muertos ni saldar la deuda con sus propios sueños truncados. Nuestra reciente historia, construida sobre los escombros de aquellas bombas y asesinatos, todavía carga con las fracturas de entonces. Mientras tanto, la tristeza de Pachito Martínez, que ya no está con nosotros, la vemos en tantos otros rostros que repiten consignas de rabia y de dolor en los sepelios de los líderes sociales en un tiempo de nueva impunidad. Para mi generación, los adolescentes llenos de sueños de entonces, que aprendimos a distinguir entre un disparo y una explosión, aquellos años fueron nuestra educación política y sentimental a la intemperie. Crecimos con desencanto e indignación esperando a que la vida no fuera asesinada en primavera. Porque si alguna lección nos dejó esos años, es que en este país soñar sigue siendo un acto de valentía y recordar la única forma de mantener vivos e intactos los sueños de nuestros muertos. “Venga esa mano país” era un llamado, una invitación a construir ese nuevo país. Mutilaron esa mano y luego mataron la vida en primavera, esa vida que es un soplo, como lo recuerda el tango que cantaron a todo pulmón en el sepelio de Bernardo Jaramillo cuyo afiche de campaña tuve pegado en una pared de mi habitación como hijo de una generación de grandes utopías y desengaños que ha escrito parte de nuestra historia entre epitafios y consignas.

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