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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Aprendiendo a ser papá

Conocí el miedo la noche en que el médico puso en mis brazos a mi primogénito, envuelto por completo en una cobija donde apenas asomaba su pequeñísimo rostro, con los ojos totalmente cerrados, tal vez un par de horas después de haber nacido. Un martes 13, por cierto.

Me di cuenta de esa nueva sensación de temor cuando, a la semana siguiente, por cosas de mi trabajo, estaba a bordo de un helicóptero, muerto de miedo y con la cabeza llena de pensamientos trágicos que solo cesaron en el momento mismo en que la nave aterrizó. Aunque fue un vuelo tranquilo, yo estaba desecho y entonces supe que mi insoportable angustia la causaba la fatídica pregunta que en todo el viaje no dejó de dar vueltas en mi cabeza: ¿y qué sería de mi nene si este aparato se cae?

Desde entonces, el miedo y yo convivimos, se ha vuelto algo así como mi mejor amigo; a veces nos reímos solos, a veces me aburre su cercanía, a veces me molesta su intromisión, pero ahí está, explícito o invisible, lo percibo disfrazado de adrenalina, en las dosis necesarias para salir avante. Por eso es que soy el rey de los fatalistas. Por eso, nadie imagina tragedias en su mente como yo. Y me voy a penaltis con el que sea.

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