
Nos enseñaron a no ser 'bobos', como si esa fuera la única forma de sobrevivir. Pero quizá haya otra forma de mirar la vida en común. Esta es la primera parte de una trilogía sobre la viveza, la desconfianza y la posibilidad —aún viva— de confiar.
En casi todos los rincones de América Latina —si no en todos— hay una palabra para celebrarla: viveza, malicia indígena, esperteza, ser avivado, jeitinho brasileiro, sacarle ventaja al otro, tener colmillo. En Colombia, se repite con una mezcla de admiración y resignación: “el vivo vive del bobo”. Es una expresión heredada, arraigada desde hace generaciones en los cafés, en los pasillos del poder, en la celada del atajo.
Pero lo que muchos ven como ingenio criollo, otros lo reconocemos hoy como una trampa cultural: la exaltación de la astucia por encima del bien común, como si el éxito dependiera de burlar las reglas en lugar de transformarlas. Nos enseñaron a no ser 'bobos', pero no nos advirtieron del precio de esa lección: un mundo donde desconfiar del otro se volvió instinto, y donde ser justo parece cosa de ingenuos.
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