
David y Goliat es, quizá, el relato más bello del antiguo testamento. Se encuentra, creo, en el primer libro de Samuel. David, un humilde pastor, derrota a Goliat, el gigante. La metáfora ha saltado de siglo en siglo inspirando causas y sustentando valores. Es un canto al ingenio del desvalido. Un himno a las muchedumbres olvidadas que de pronto irrumpen en la historia. Un símbolo de justicia.
Este papa, que ha muerto antier en la mítica Roma, decidió hacer honor a esa metáfora y escogió el nombre de Francisco, símbolo de compromiso con los débiles y de amor por la naturaleza. Su vida y su prédica a lo largo de estos diez años de pontificado ha sido fiel a las enseñanzas de su mentor, el misionero de Asís, el amigo de los pobres y los migrantes, la naturaleza y sus misterios, fundador de una orden religiosa que tendrá mucho que decir en estos años donde ha vuelto la ostentación descarada del poder y la fuerza como emblema de gobierno en el mundo.
La metáfora ha estado ahí por siglos cuestionando una realidad que favorece al gigante, al más hábil, al más fuerte, al más cruel, desde siempre, desde cuando el homo sapiens derrotó y acabó con los otros humanos que compartían el planeta. Después, la historia ha sido una sucesión de imperios moldeados por la guerra y el poder económico.
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