
El día de tu cumpleaños decides ir a misa a la iglesia del pueblo para darle gracias a Dios. Es Jueves Santo, la conmemoración de La Última Cena, la eucaristía por excelencia, la comunión de tu Dios contigo. También, el día del lavatorio de los pies, la maravillosa escena repetida sagradamente desde el suceso original como mayor muestra de humildad y solidaridad entre esta Humanidad que se despedaza a cada segundo. La paz sea contigo y podéis ir en paz. Estás plena.
La noche cae. La temperatura también, aunque se mantiene arriba de los veintidós grados. Apenas para un heladito. Y si estás de cumple, pues aún más. Tu hermanito menor te acompaña, te felicitan a la salida de la iglesia, te dicen cosas bonitas, te desean salud, amor y prosperidad. Qué más puedes pedir. Cumples veinte abriles y estás más que lista para vivir el resto de tu vida. Gracias Dios, lo repites mentalmente.
Después de finalizada la celebración litúrgica, te adelantas y pasas frente a la Estación de Policía, la de paredes pintadas de blanco y verde, vas rumbo a la heladería más cercana, llegas y comienzas a disfrutar un refrescante y delicioso helado, junto con tu hermano menor, que se pide otro de igual tamaño. Nadie te robará ese hermoso momento mientras los adolescentes se miran disfrutando el pequeño gran regalo que la vida te está dando en ese preciso momento.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













