
El regreso al país, el pasado 28 de marzo, del primer narcotraficante colombiano extraditado a Estados Unidos, Carlos Lehder, es, por sí solo, un símbolo del fracaso de la política contra las drogas ilícitas.
Después de 38 años de su captura y extradición, ocurrida el 4 de febrero de 1987, Lehder vuelve al país en condición de visitante -vive en Alemania desde junio de 2020, cuando recuperó su libertad-, mientras Colombia sigue siendo el principal productor de cocaína en el mundo.
La detención del excapo del cartel de Medellín en Bogotá, la semana pasada, ni siquiera tuvo que ver con cuentas pendientes con la justicia colombiana por narcotráfico, sino con una acusación por porte ilegal de armas de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas. Este lunes 31 de marzo fue liberado luego de que un juez consideró que el caso prescribió.
A pesar de extradiciones como la suya, de largos períodos de fumigaciones aéreas y de erradicaciones forzadas de los cultivos ilícitos, las nuevas generaciones de narcotraficantes colombianos han hecho de este país el de más plantíos de hoja de coca en el mundo, con 253.000 hectáreas, y el de mayor producción potencial de cocaína, con 2.664 toneladas en 2023, una cifra histórica según el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés).
Esta última cifra representa un aumento del 53 por ciento con respecto al año inmediatamente anterior, el 2022.
¿Qué pasará por la cabeza de Lehder, hoy de 75 años, cuando se detiene a pensar en la larga e infructuosa lucha de Colombia contra el narcotráfico, sobre todo después de haber sido un narcotraficante extraditado y prisionero de la justicia de Estados Unidos?
Lo único nuevo desde que él, con 37 años, salió del país rumbo a una cárcel estadounidense, es que ya no hay grandes capos de la droga. El negocio se ha atomizado en muchas y variadas organizaciones ilegales.
Desde que Lehder fue extraditado, en 1987, la relación de Estados Unidos con Colombia ha estado marcada por el combate a las drogas ilícitas, con énfasis en la erradicación forzada de los cultivos de hoja de coca. Pero, en los hechos, esa política prohibicionista que pone el acento en la producción de estupefacientes, y no en la demanda, no ha dado resultados, sino que, desde entonces, la situación ha empeorado.
En los años ochenta, la producción potencial de cocaína de todos los países andinos eran 600 toneladas al año, con Perú a la cabeza, que producía 370 toneladas. Ese país producía más de la mitad del total anual, de acuerdo con datos de la UNODC.
Ya en su informe sobre 2023, esta oficina de la ONU reportó que la producción potencial de cocaína en los países andinos, ese año, alcanzó las 3.693 toneladas. Esos datos demuestran que la producción potencial del alcaloide en la región se ha sextuplicado desde la década de los ochenta.
Las cifras ponen entonces en evidencia que, tal como se ha dado, la lucha contra las drogas ilícitas ha sido un fracaso.
Sin olvidar que se trata de un narcotraficante que cometió crímenes atroces y que se lucró de ese negocio ilegal, los inocuos resultados de la política contra las drogas ilícitas le dan a Lehder la razón sobre algunos planteamientos de su libro Vida y muerte del cartel de Medellín.
En ese texto, el excapo del narcotráfico planteó que el prohibicionismo solo intensifica la violencia en los países productores y consumidores, porque crea un mercado negro que genera enfrentamientos armados. Además, afirma que propicia la corrupción porque hay funcionarios que se dejan sobornar. Sugiere que la regulación, en cambio, permitiría al Estado recaudar impuestos, reducir la violencia y ofrecer tratamientos a los adictos.
Después de la extradición de Lehder ha habido muchas otras, incluidas las de Fabio Ochoa Vásquez, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela y la de varios exjefes paramilitares. Y como vemos, el tráfico de cocaína, no se ha reducido.
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