
Le oí a Laura Arroyo Gárate, una peruana, periodista, migrante, radicada en España, una vibrante alocución, un largo epitafio, donde pintaba a Mario Vargas Llosa como un político de derechas comprometido con ominosas causas en su país y en el mundo, cosas ciertas, cosas innegables, aun para sus admiradores que son millones. No soslayaba, eso sí, el hecho de que fue un gran escritor, el último del maravilloso boom de la literatura en América Latina.
Dice Laura que al hablar de Vargas Llosa no se puede separar al autor de su obra —quizá en ningún caso sea aconsejable— el hecho es que el gran escritor fue también candidato presidencial y un opinador habitual de los acontecimientos políticos de su país y del mundo, de eso se hablará siempre, se hablara de su complacencia con golpistas y depredadores de estas frágiles democracias.
Laura no le ve pliegues, ni esguinces, en su causa política, pero los tuvo, por un largo rato en su juventud acompañó las ideas de izquierdas de Gabriel García Márquez y de Julio Cortázar y apoyó la revolución cubana. Eran otros tiempos, desde luego, pero lo hizo con la misma pasión con la que después abrazó las causas de la derecha y denostó a la izquierda del continente.
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