
“Todo lo que soy, o espero ser, se lo debo a mi madre y a mis maestros”
(Adaptación de Abraham Lincoln)
En mayo se celebran dos fechas importantes en Colombia: el Día de la Madre y el Día del Maestro. Esta coincidencia no es menor. Ambas figuras, tan distintas y tan cercanas, comparten una misma vocación: la educación y el cuidado. Que estas conmemoraciones sean más que un homenaje y nos inviten a agradecer su existencia y a reflexionar sobre su papel fundamental en la construcción de una sociedad más justa y humana.
La mamá es, casi siempre, la primera educadora. Es la maestra más importante de la vida. Enseña desde lo invisible e intangible, y sobre todo, desde el amor y el cuidado. Desde la cuna nos guía en el aprendizaje de la lengua. Nos enseña a caminar, a alimentarnos, a amar y a fijar límites. Nos transmite valores y, sin descanso, señala el camino de la educación. En mi caso, mi madre nos formó con el ejemplo. Siempre ha tenido un libro entre las manos, una palabra amorosa cuando más se necesita y una voz firme en el momento justo. Se graduó de bachiller cuando sus hijos ya estaban “criados”, y cruzó las puertas de la Universidad Nacional como estudiante cuando pasaba los cincuenta años. Tuve el privilegio de ser su profesora, de admirar su inteligencia desbordante y su inagotable curiosidad por el mundo intelectual.
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