
Tan lamentable es que el expresidente de la Cámara, David Racero, reparta puestos del Sena entre sus amigos, familiares y conocidos con la complicidad del director de esa entidad, Jorge Eduardo Londoño -como lo dejan en evidencia audios publicados por el periodista Daniel Coronell-, como que docenas de congresistas lleven años sobreviviendo en el Legislativo con prácticas clientelistas y corruptas iguales a las que ahora tienen en el ojo del huracán al representante del Pacto Histórico.
La doble moral de Racero, quien en las redes sociales criticaba el clientelismo, quedó desenmascarada y eso hay que aplaudirlo porque es hora de exponer, censurar y castigar electoralmente a quienes dicen una cosa en público y hacen otra en privado. Todos sabemos que son muchos a los que hay que desenmascarar no solo en el Congreso, sino también en los concejos municipales y en las instituciones públicas.
Si alguien duda de ese extendido mal de la política colombiana, solo tiene que volver los ojos sobre los más recientes escándalos por clientelismo y corrupción: las presiones de varios congresistas por puestos al exdirector de la Dian, Luis Carlos Reyes, y la manera como varios funcionarios públicos repartieron plata de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) y contratos entre congresistas que votaron a favor de proyectos del Gobierno.
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