
Desde niña he tenido una fijación con los diccionarios. En mi casa había un Larousse empastado en cuero rojo, medio desbaratado, que servía para llenar los crucigramas del domingo y para guardar estampitas de santos o recetas de cocina. Sin embargo, el que siempre quise tener ―y nunca tuve el suficiente dinero para comprar― fue el Diccionario de uso del español, de María Moliner.
No sabía nada de esta mujer, salvo que había escrito un diccionario que me interesaba más que el de la Real Academia de la Lengua (RAE), porque me parecía más moderno, más sensato, más cotidiano. Fue hasta hace poco que me enteré de que alimentaba su búsqueda de palabras que encontraba en los periódicos, donde había términos de uso común que no recogían otros diccionarios más puristas.
El escritor argentino Andrés Neuman publicó recientemente una novela titulada Hasta que empieza a brillar, en la que cuenta la historia de Moliner, una bibliotecaria que, luego de salir de su trabajo a diario, se sentaba en la mesa de la cocina de su casa y se dedicaba a crear fichas con definiciones que luego se convertirían en un diccionario que fue publicado en 1966. Ya era hora de que alguien le hiciera un reconocimiento así, porque a pesar de la importancia que tuvo María Moliner en el mundo de habla hispana, los señorones de la España posfranquista no se dignaron darle el puesto que se merecía.
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