
Hay decisiones que no solo se preparan antes de la reunión formal, sino que se toman en secreto, en espacios cerrados, sin todos los que deberían estar. No son reuniones previas ni trabajo en equipo: son reuniones en la sombra. Y son un riesgo para cualquier organización.
Por: Luis Alberto Arango
He estado en juntas directivas donde, al terminar la sesión, salgo con una sensación incómoda: la de estar sobrando. Todo estaba decidido antes: ya no había discusión. Lo importante ya se había acordado en otro lugar, en otra hora y con otros interlocutores. La reunión formal era apenas una puesta en escena. Y uno de los actores —yo— no tenía línea ni papel.
Hace una semana escribí una columna sobre un fenómeno relacionado: las reuniones previas a la reunión formal, en las que se construyen consensos, se ajustan argumentos y se preparan propuestas antes de llevarlas al espacio institucional. A raíz de esa publicación, varios lectores me compartieron comentarios y experiencias que apuntaban a una práctica más delicada, que también mencioné brevemente: el actuar en la sombra. Un término que merecía esta segunda mirada. Porque la sombra, en este caso, no es una metáfora literaria sino una forma de poder que opera al margen de la deliberación legítima y que puede hacerle un daño profundo a la vida organizacional.
Es importante, sin embargo, no confundir dos cosas. No toda conversación previa a una reunión formal es una señal de exclusión o de mala práctica. Es completamente natural —y, de hecho, útil— que dos o más miembros de un comité o junta intercambien ideas, prueben hipótesis o construyan propuestas antes de llevarlas a una discusión formal. Eso ocurre con frecuencia en entornos colaborativos donde se valora la preparación y el contraste de visiones. Esas no son reuniones en la sombra: son parte del trabajo legítimo de construir decisiones.
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