
El presidente de la República es un provocador consumado. Pocos como él. Comenzó a ejercer su nuevo oficio unos meses después de que llegara al máximo cargo. Antes se había mostrado conciliador, inclusivo, buen cristiano en eso de poner la otra mejilla, completamente respetuoso de las normas, técnico y meritocrático, decente en la discusión, consecuente con sus ideas de reivindicación social y un necesario defensor de quienes tradicionalmente han sido vilipendiados, humillados, ignorados e irrespetados en este tan desigual país. Por eso ganó, por mostrarse así.
Luego, poco a poco y de manera consistente, fue dejando de serlo.
Dejó de ser tecnócrata cuando echó a varios ministros porque lo contradecían. Dejó de preocuparle la meritocracia cuando nombró personas sin experiencia ni conocimientos específicos en puestos claves de su gobierno. Dejó de ser conciliador cuando se agarró —vía tuiter— con todo el que pudo. Dejó de ser decente en la discusión cuando comenzó a disparar epítetos por doquier y a señalar enemigos sin piedad en los mítines a los que alcanzaba a llegar.
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