
“Lenin supo cuándo había que participar en la Duma zarista y cuándo sabotearla”, comentó Víctor Ríos durante una velada que un grupo de camaradas españoles, italianos y colombianos organizamos con frecuencia. Víctor hizo parte del círculo que rodeó a Julio Anguita —“El Califa Rojo” para los medios—, quien fue uno de los políticos de izquierda más votados, destacados y respetados de Europa. Anguita fue diputado, coordinador de Izquierda Unida y alcalde de Córdoba, la antigua y bellísima ciudad española que vio nacer a inmortales como Séneca y Averroes. Cuando Julio Anguita murió, el diario derechista El Mundo editorializó: “…una persona brillante, culta, seria, coherente y honesta, un político que no entendía la ideología —la suya era insobornablemente comunista— como una barrera para el diálogo, sino como un puente para el entendimiento”.
Anguita fue un extraordinario táctico que no dejó caer a la izquierda. La táctica constituye el abecé de la lucha. Una izquierda sin táctica no pinta nada, sobre todo en la frenética realidad colombiana. La protesta social es una táctica de lucha legítima con la que no se puede jugar. Una cosa es jugar al ajedrez y otra tirar los dados. En el ajedrez juega la táctica y la estrategia, en los dados la suerte. La protesta social no se puede jugar a la suerte. Firmar un decreto no es lo mismo que organizar una protesta. Un decreto lo firma un operador político. Una protesta social, en cambio, se organiza desde abajo. Es un calentamiento a fuego lento que encuentra un punto de ebullición. Descubrir ese punto de ebullición es tarea de los líderes sociales.
Decretar una protesta social es mero aventurerismo. La lucha social no puede entregarse al arbitrio de la burocracia política como parece estar ocurriendo en Colombia. Armando Benedetti, por ejemplo, es una especie de fontanero cuya misión en este gobierno es la de desatascar las cañerías por donde transcurre la política al uso. Para eso es menester tener dotes de manipulador e hígado de cerdo. Para nadie es un secreto que una iniciativa legislativa en Colombia sólo prospera a través de la vagabundería. Un terreno en el que Benedetti se desempeña medianamente. Para dirigir la protesta social, en cambio, se necesitan otras cualidades. Abaratar la lucha social es un mal negocio.
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