
María Mercedes Carranza y Raúl Gómez Jattin habrían cumplido ochenta años. Si, exactamente en la semana que acaba de pasar. El 24 y el 31 de mayo, respectivamente, hubiéramos celebrado y siempre me gusta imaginar cómo hubiera sido todo si ellos estuvieran vivos. Mi forma de conmemorar estas fechas fue sencilla pero cargada de admiración y gratitud. Fui a Sopó a visitar la tumba de María Mercedes Carranza con mis amigos Juan Felipe Robledo y Catalina González Restrepo y leímos el poema Oración que sirve de epitafio: “No más amaneceres ni costumbres. / No más luz, no más oficios, no más instantes. / Solo tierra, tierra en los ojos, / entre la boca y los oídos; / tierra sobre los pechos aplastados: / tierra entre el vientre seco; / tierra apretada a la espalda; / a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra; / tierra entre las manos ahí dejadas. /Tierra y olvido”. Mariana nos tomó la foto respectiva mientras curioseaba otras tumbas del cementerio. A Raúl lo celebré leyendo mis poemas favoritos suyos en el cierre del taller de poesía del Fondo de Cultura Económica, entre ellos De lo que soy, Lola Jattin, Yo tengo para ti mi buen amigo, Si las nubes no anticipan y Qué te vas a acordar Isabel. Leer a mis poetas en voz alta es la más feliz formas de la apropiación y de que las palabras que son suyas me pertenezcan también.
Quiero imaginarlos festivos, recibiendo merecidos reconocimientos, viendo sus obras traducidas y conquistando lectores por el mundo. Quiero imaginarlos con unas vejeces tranquilas y bonachonas y que visitarlos fuera un ritual del afecto permanente. El destino nos los arrebató de repente y quedamos huérfanos en la soledad de sus versos. La poesía colombiana del siglo XX y su modernidad nació con un suicidio, precisamente ocurrido un 24 de mayo en 1896: José Asunción Silva, al pegarse un disparo con una Smith & Wesson, puso fin a sus días y dio comienzo a su leyenda y a su forma de abrirnos múltiples puertas a los poetas posteriores. El siglo XXI con sus contradicciones, incertidumbres y rupturas nació con las muertes trágicas de Raúl Gómez Jattin el 22 de mayo de 1997 y de María Mercedes Carranza, el 10 de julio de 2003. La de Raúl seguirá siendo un misterio entre tres hipótesis que plantea el inolvidable Heriberto Fiorillo en el libro Arde Raúl: el suicidio, el accidente o el homicidio cuando fue arrollado por un bus aquella madrugada en el barrio Zaragocilla, en Cartagena de Indias. La muerte voluntaria de María Mercedes Carranza fue confirmada dos días después por su amigo Daniel Samper Pizano en su columna semanal en El Tiempo. El siglo había abierto sus puertas con el suicidio de Silva y las cerraba con el de María Mercedes, cuya obra vendría a abrir nuevos caminos a la poesía que se escribe en la actualidad. Carranza y Gómez Jattin son dos de los poetas más leídos y admirados por las nuevas generaciones, los que más inspiran a nuevas voces que encuentran que ellos se anticiparon a desacralizar las palabras y la poesía misma para crear mundos y registros propios que hoy les hablan de cerca y al oído.
Los vi juntos solo un par de veces: el 20 de septiembre de 1988 y el 13 de marzo de 1990, ambas en la Casa de Poesía Silva. María Mercedes siempre reconoció en Raúl a uno de los poetas más originales de su generación y lo invitó en esas dos oportunidades a Bogotá para presentar sus libros y leer sus poemas. Yo era adolescente y me deslumbré ante la figura imponente, teatral y el vozarrón de Raúl. Detrás de esa caparazón y brusquedad había un derroche de ternura igual que ocurría con María Mercedes quien guardaba muy bien sus fragilidades y temores detrás de un carácter fuerte, ejecutivo y pragmático. Fue un privilegio verlos juntos en esas ocasiones, de lejos, con admiración, ignorando en esos instantes que ellos serían dos de los poetas del siglo que estaba por llegar y que sus poemas serían celebrados con entusiasmo por miles de lectores después de sus muertes. Sus miradas ya tenían algo de eternidad.
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