
La hija menor de Luis Enrique se llamaba Xana y tenía apenas nueve añitos cuando un feroz osteosarcoma, que es una especie de cáncer en los huesos, se la llevó en apenas seis meses. Hay por ahí varios videos caseros que muestran a esa hermosura haciendo de todo en su casa: entrena piruetas de gimnasia y al final se ríe, canta algo improvisado y al final se ríe, pasa jugando con un perro y al final se ríe. En todas las imágenes sale moviéndose y riéndose. Era un volcán, decía su papá de ella.
Su papá es el exfutbolista español que ayer ganó la Champions dirigiendo al famoso PSG de la capital francesa. A mí me parece que él es un ser de luz y me llama la atención porque, en el fútbol, de eso casi no hay. Mejor dicho, no hay.
Hay iluminados, reyes, magos. Hay místicos, adelantados, visionarios. Hay extraterrestres, ídolos, dioses. Pero, no seres de luz. El hombre desborda positivismo, bondad, tranquilidad. Tiene el don de la palabra y no sé si es su terapia, su recomendación sicológica, su mente competitiva, no sé, pero Luis Enrique lidera una visión realmente inspiradora de la peor pérdida que pueda sufrir ser humano alguno: la de un hijo.
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