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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Beijing: mil años de historia, treinta de velocidad

Beijing es algo más que historia milenaria: una visión de futuro que transpira innovación, inspira ser imitada y exige mirar con otros ojos el papel del Estado, la empresa y el desarrollo urbano.

Por: Luis Alberto Arango

Recibí varios mensajes en el foro de la columna anterior —la que escribí desde Hong Kong sobre mi primera visita a Asia—, así como correos electrónicos con comentarios y aportes que leí con atención y que agradezco por su profundidad y por las nuevas perspectivas que me dan sobre este viaje. Respondí a los comentarios del foro tan pronto pude; con los correos, me tomará más tiempo. Cuando salí de Hong Kong me dirigí a Beijing, y mi viaje —que terminó apenas ayer— fue tan intenso como fascinante, dejándome poco espacio mental para escribir con el cuidado que me gusta dedicarle a quienes se toman el tiempo de escribirme mensajes que usualmente están acompañados con interesantes argumentos, opiniones o preguntas. En los próximos días me tomaré el tiempo de responderlos todos.

Beijing fue mi segunda parada en esta travesía. Una ciudad que conocí solo durante cuatro días, acompañado de un guía local que hablaba inglés, un idioma sorprendentemente escaso incluso en hoteles de cadenas internacionales. Aun así, esos pocos días fueron suficientes para dejarme una impresión memorable. Beijing no se parece a ninguna ciudad que haya visitado antes: es inmensa, sobria, sofisticada y planificada. Una ciudad que encarna el poder político, la historia milenaria y la voluntad de modernización de toda una nación.

Con cerca de 24 millones de habitantes, Beijing es una ciudad tan extensa que recorrerla en automóvil puede tomar entre cuatro y cinco horas de extremo a extremo. Encontré una ciudad limpia y sorprendentemente silenciosa, en parte porque una porción importante de su parque automotor ya es eléctrica. Aunque en general la movilidad es fluida, durante las horas pico la congestión vehicular es inevitable. Las vías urbanas son anchas y están en excelente estado: sin huecos, sin ondulaciones ni remiendos visibles que interrumpan la continuidad del asfalto. Sus carreteras se extienden hacia las afueras con igual calidad, como las que me llevaron hasta la Gran Muralla.

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