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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Calamar: el Estado se fue, la muerte se quedó

Cuando hablé con él, entendí que era un hombre de los que han aprendido que la serenidad es la única manera de transitar entre las sombras de la violencia y la incertidumbre. Sabe que no le está permitido decir tonterías, improvisar o especular. Entiende perfectamente que las palabras valen, pero las lanza como piedras a un estanque de desesperanza, porque –con razón– debe sentir que muchas veces lo oyen pero no le escuchan. Es Farid Camilo Castaño, alcalde de Calamar, Guaviare: una población en el corazón de la selva amazónica de Colombia donde la muerte no sorprende a nadie porque todos saben que está ahí, detrás de la puerta. Ese día me dijo que no podía seguir hablando porque acababa de explotar una ‘moto-bomba’ cerca de una instalación militar. Esa explosión finalmente dejó nueve heridos (seis militares y tres civiles) y cuantiosos destrozos en el vecindario. Un día antes habían atacado esa misma base con un dron cargado de explosivos. Y horas antes habían vivido el horror de encontrar ocho cuerpos de personas asesinadas a tiros y que fueron forzadas a cavar su propia tumba.

En Calamar y sus alrededores viven cerca de 12.000 personas. Es un punto perdido en el mapa de la inmensidad de esa parte del país, pero estratégico para todos los actores armados, frutos de un venenoso injerto de terrorismo-guerrilla y narcotráfico. Las disidencias de las Farc, en especial las que comanda ‘Iván Mordisco’ , controlan rutas, siembras y poblaciones. Según cifras de la Defensoría del Pueblo, el 82 por ciento de los municipios del Guaviare presenta algún nivel de riesgo por presencia de grupos ilegales. En Calamar, el tema es extremo.

El narcotráfico no es solo un negocio: es una economía que echó raíces. Cerca de 2.500 hectáreas de coca fueron detectadas en el Guaviare en el último informe de la ONU. La erradicación fue erradicada. La coca florece y se extiende, eso sí, sin alternativas productivas reales y efectivas: si esa política no hubiera fracasado, seguramente no estaríamos escribiendo sobre esta desgracia. Simple. Entonces los campesinos se deben someter a las estructuras armadas que les ofrecen seguridad, trabajo y control, pero al final solo les entregan abusos, amenazas y humillación.

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