
Meses antes de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, dos comentaristas de la ultraderecha estadounidense, Dan Bongino y Kash Patel, vociferaban en podcasts, entrevistas y declaraciones públicas acerca de los oscuros intereses detrás del supuesto secretismo en el aberrante caso del pederasta Jeffrey Epstein. Bongino, con millones de oyentes, preguntaba qué pretendía ocultar el FBI y a quiénes estaba protegiendo al esconder la lista de clientes de Epstein. Y Patel acusaba directamente a figuras como Bill Gates, importante donante demócrata, de liderar la conspiración. Decía: “¿No creen que Bill Gates está presionando al Congreso día y noche para evitar la divulgación de esa lista?”, y añadía apuntando a los republicanos: “Pónganse los pantalones de hombre mayor y dígannos quiénes son los pedófilos”.
Pero todo hacía parte de un teatro político, de una pantomima para indignar incautos. Esta semana que pasó, los mismos protagonistas salieron a reconocer lo que realmente ocurría. El Departamento de Justicia y el Buró Federal de Investigaciones, el FBI, dijeron que el pedófilo no fue asesinado el 10 de agosto de 2019 en una prisión en Nueva York, como decían algunos, sino que se ahorcó en su celda. Y no existe ninguna lista de clientes de Epstein, como antes aseguraban personajes como Bongino, Patel y otros. Lo dramático de todo esto es que ambos personajes son ahora funcionarios públicos: Patel es el director del FBI y Bongino es el director adjunto. Ellos indignaron a millones de estadounidenses que, en buena medida, votaron convencidos de que ahora sí se conocería una lista de “pedófilos” encabezada por prominentes demócratas. Es la mentira como regla general, y la opinión como transacción: hablo de lo que quieres, hablo bien de ti, mañana me das un cargo público.
Daré ahora una voltereta narrativa. Esta semana que pasó, el precandidato presidencial Gustavo Bolívar reconoció en su cuenta de X y después en una entrevista en Caracol Radio que las bodegas sí existen, pero solo en épocas de campañas porque son muy costosas de mantener, y que se están corriendo las líneas éticas cuando muchos de estos influencers, que se han ido convirtiendo en mercenarios mediáticos, no dicen abiertamente que muchas de sus opiniones siempre están pagadas por algún político particular. El dolor de Bolívar, entre otros, es que muchos de estos influencers, que en otro momento colaboraron con él en proyectos de comunicación del progresismo, ahora vendan sus insignificantes opiniones al mejor postor. La entrevista es muy reveladora por la sinceridad de Bolívar, que contestó cada pregunta sin evasiones retóricas, pero también por la ingenuidad que esconde.
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