
Cerca de las antiguas Caballerizas de Usaquén, donde durante el Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay Ayala (1978–1982) fueron torturados centenares de detenidos políticos —entre ellos, la escultora Feliza Bursztyn—, hoy se levantan voces que claman “héroes de la patria” y “fuera Petro”.
Nuevamente, la paradoja es brutal: al lado de una instalación militar con historia de represión, se convocan el olvido y la impunidad como consignas. Se sigue escribiendo el relato de siempre porque es más fácil no ver, no confrontar, no dejarse conmover. Reconocer, en cambio, implica coraje, honradez y una apuesta ética para el presente y el futuro del país.
Más irónico aún resulta que, justo al lado de la escultura de Feliza Bursztyn, algunos manifestantes revisionistas —entre los que hay congresistas de extrema derecha, reservistas y retirados de la fuerza pública que han empuñado las armas— hayan instalado un espacio político-cultural para “defender la patria”, pasando por encima de los hechos, del dolor que ella sufrió, de lo que representa su escultura (un homenaje a Gandhi y un llamado a la no violencia) en ese preciso lugar.
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