
Lo vi.
Era una operación con todo a favor: beneficios generosos, buenos sueldos, talento real.
Y sin embargo, algo estaba quebrado.
La energía era baja. La exigencia, mínima. Las conversaciones giraban en torno a lo que no se podía, a lo que ya no tenía sentido intentar.
Había un aire de “me lo merezco” sin entrega, de denuncia sin propuesta, de comodidad disfrazada de justicia.
Pero lo más grave no era eso.
Lo más grave era el liderazgo que lo toleraba.
Jefaturas que repetían “la gente está quemada” como excusa para no pedir resultados.
Que decían —sin sonrojarse—: “es que aquí todo es complicado, ya vas a ver”.
Que preferían apagar el ánimo del equipo antes que desafiarlo.
Matar la esperanza antes que intentar soñar.
Y frente a la mediocridad, no hacían nada.
No por cinismo. Por miedo.
Miedo a incomodar.
Miedo a parecer autoritarios.
Miedo a que alguien les dijera que ya no eran empáticos.
Miedo a su calificación en las encuestas de clima laboral.
Miedo a las denuncias anónimas (ese lo tenemos todos).
Pero en nombre de ese miedo —y de una falsa idea de cuidado—, entregaban la cultura sin pelearla.
Hay líderes que confunden el cuidado con la evasión.
Evitan dar retroalimentación porque “no es el momento”.
Posponen conversaciones difíciles porque “el equipo está saturado”.
No corrigen cuando hay fricciones. No toman decisiones.
Piensan que llenar de palabras el aire y organizar reuniones masivas es liderar.
Se reúnen tanto, y debaten tanto, que cuando por fin hay una decisión, ya nadie sabe quién la tomó ni qué hacer con ella.
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