
A finales de la década de los sesenta, cerca de la planta de Bavaria en Santa Marta, se fundaba un barrio. Fundar un barrio, al igual que fundar una ciudad, es crear una comunidad y una memoria hacia el futuro y por eso el lenguaje común, los gestos y las generaciones que allí crecen necesitan algunos mitos y rituales comunes que permanecen en el tiempo. Por eso, más allá de construir casas o edificios, se escriben relatos colectivos a los cuales siempre regresamos porque allí quedará para siempre la identidad, la lengua de todos. Y así, tal cual ocurre con tantos barrios y distritos en el mundo, ocurrió con el barrio Bavaria, de Santa Marta, donde a las cuatro de la tarde sonaba el pito de la fábrica como una alarma de que se aproximaba la tarde y la noche con sus misterios. Ya para el año 1977 estaban levantado el primer conjunto de apartamentos al lado de la ya mítica Capilla de Bavaria.
Allí se jugaba fútbol contra equipos improvisados del barrio Boston y Taminaca y después de misa los domingos estaba el asombro del amor o la alegría del abrazo con los amigos. Yo pasaba vacaciones en el apartamento 211B de aquel edificio fundacional color blanco de La Capilla donde mis abuelos se fueron a vivir después de muchos años de habitar la vieja casa de la Calle 17, conocida como la Calle Grande. Allí jugué a las escondidas, aprendí a montar bicicleta y participé en los pesebres vivientes que dirigía Aurita Santos de Conde cada diciembre. Alguna mañana de 1982 vi en el televisor de mi abuela Lucy el comienzo de la miniserie nacional David Copperfield, basada en la novela homónima del gran Charles Dickens. El protagonista era un ciudadano de aquel barrio Bavaria, que también iba a misa los domingos a las 7:00 p.m. a la legendaria capilla y a quien varias veces le abrí la puerta cuando iba a recoger a su prima, mi tía Lucy Victoria, para ir a la Fiesta de San Valentín en el Club Santa Marta. El buen ‘David Copperfield” esperaba paciente vestido de esmoquin a que mi tía estuviera lista. Algo me llamaba la atención del cabezote de aquella serie. Aparecía el protagonista vestido como un joven inglés del siglo XIX mirando al infinito sobre una roca, creo que, de la playa de Cañaveral, en el parque Tayrona.
Lo demás es historia. Aquel habitante de Bavaria le gustaba la música y el teatro y su padre, como directivo del Unión Magdalena, había viajado en 1967 a Buenos Aires para contratar algunos jugadores argentinos para el ‘Ciclón Bananero’ que, un año después, se coronaria campeón del torneo colombiano por única vez en su historia. Por esos días había aparecido en la editorial Sudamericana la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, que en pocas semanas había agotado miles de ejemplares. Por un tema de aduanas, el libro se demoró en llegar en Colombia y algunos de los primeros ejemplares los trajo al país y puntualmente a Santa Marta este médico dirigente del equipo samario. Luis Aurelio Vives Echeverría, buen lector y excelente jugador de dominó se anticipaba a las reseñas y comentarios de esos meses y se deslumbraba con la obra maestra que había escrito el genio de Aracataca.
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