
Hay quienes pretenden dar por válida la idea de que el país está dividido en dos mitades iguales. La ficción supone que veinte millones de colombianos creen que lo ocurrido en estos últimos tres años es más de lo mismo, pero con formas y maneras distintas. Para la mayoría de ellas y de ellos, sólo más vulgares y ordinarias; poco técnicas, desorganizadas y corruptas, lo cual no es todo falso, por supuesto.
Esta equivalencia satisface el espíritu de aquellos que se han sentido en una especie de estrado para no asumir algo de responsabilidad en el momento histórico que vivimos. La culpa es de los extremos, dicen. Y en los extremos sitúan a cualquiera que ose estar en desacuerdo con sus pactos, sus formas, sus maneras y sus costumbres; sus planteamientos de fondo, y sus ideas: la economía como ciencia, y no como política, “el más mercado y menos Estado”; el papel de los medios corporativos como legitimadores de ideas maniqueas y personalistas, no como vigilantes del poder. Son aquellos que pretenden hacer una equivalencia entre el uribismo y el petrismo. Si esos son los dos males que nos han aquejado, ellos se plantean como la solución. Son ponderados, tranquilos, incapaces de producir violencia. Han conseguido títulos en universidades internacionales. Se sienten cosmopolitas. Dicen conocer el país. Pero poco aceptan sus propias lógicas excluyentes, sus pactos de clase, sus silenciosas maneras de cerrarles la puerta a nuevos liderazgos que no estén en su club de biempensantes obedientes.
Muchos de nosotros y nosotras apoyamos al presidente Petro en su búsqueda y en sus luchas, como simples ciudadanos que provenimos de caminos distintos. No compartimos los mismos horizontes ni búsquedas, somos diversos, interculturales, complejos y heterodoxos. Hay comunistas, socialistas, socialdemócratas, liberales de antaño, conservadores, intelectuales, artistas, feministas, consejos comunitarios, comunales, sindicatos, indígenas, etc. Nos mueven las ideas más que las prebendas. No nos hemos expuesto para quedar bien con alguien, o para pertenecer a un club que no existe. Entendemos que todas esas luchas tienen paradojas y complicaciones. Abogamos por un nuevo modelo de desarrollo que ponga en el centro a la vida en todas sus dimensiones. Pensamos que debe haber salud y educación universal para todos los colombianos. Entendemos que las palabras del presidente y de cientos y miles de ambientalistas del país, y del mundo, que han denunciado el capital fósil como un depredador capaz de exterminar la especie humana: no son una veleidad radical. Sabemos que, sin soberanía alimentaria no se hace una nación. Creemos que debemos experimentar un cambio cultural profundo. Y tenemos un programa. Y sabemos que no es fácil abrir un espacio para la política y la paz en una parte de liderazgos que siguen cantando la balada del destripador.
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