
Tercera columna de la trilogía 'Las formas del desprecio'
Hay momentos en que ir a un grupo de Alcohólicos Anónimos me emociona más de lo que puedo describir sin que se me quiebre la voz. Es cuando llega alguien nuevo. La cara de angustia del recién llegado es inconfundible: esa mezcla de miedo, incredulidad y soledad absoluta, de pensar que nadie en el mundo entiende lo que uno siente. Como escribió Schubert: “Nadie siente el dolor ajeno, nadie entiende la alegría del otro. La gente imagina que puede alcanzar al otro… en realidad, solo se rozan y siguen de largo”. Esa brecha silenciosa es lo que se rompe en AA cuando alguien se planta a compartir lo suyo y dice, con voz firme: “Sí se puede, aquí se puede.”
Ese instante tiene algo sagrado. No es solo que el nuevo se sienta acompañado; es también que el veterano recuerda el dolor que lo trajo hasta ahí. Recordar para compartir. Compartir para sanar. Sanar para demostrar, con el ejemplo, que la esperanza es posible. Como dice el mensaje de AA, se trata de transmitir fortaleza y esperanza. Y quedarse no es solo ir al grupo: es estar para pasar el mensaje, sostener la esperanza que a mí también me sostuvo.
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