
Hacía tiempos que no veía un funeral por televisión. Sólo que, esta vez, me tomó por sorpresa. No el hecho de sentarme a verlo. Fue todo lo que pasó ahí. El cortejo fúnebre, la estremecedora música, el niño poniendo rosas sobre el féretro de su padre, los rostros de los asistentes, las duras palabras, la pertinaz lluvia, todo ahí en televisión, en vivo y en directo, a color la ciudad gris y los trajes negros. En fin. La muerte, y todo su ritual, siempre deja marca.
Escribo esto tres días después de haberlo visto y en el revuelto de imágenes en mi mente siempre resalta la de Miguel Uribe, el viejo, el papá, de quien tantos se han expresado de forma ruin y miserable por haber dicho lo que quiso decir y no lo que otros querían oír.
Miguel Uribe estaba en todo su derecho de decir lo que se le viniera en gana en el funeral de su hijo. Lean bien: en el funeral de su hijo.
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